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GORI MUÑOZ

 

 Gregorio Muñoz Montoro

 

(Benicalap,1906 - Buenos Aires, 1978)

1. PARIS, 1939 

 

Nací en la Cité des Fleurs, en Paris (17e arrondissement), a las dos de la mañana. Era un 17 de septiembre, y según lo que mi madre me contó, las comadronas, dos viejas desconfiadas y agrias, procedieron a darme literalmente a luz: la de un quinqué de comienzos de siglo. Se suponía que ningún avión alemán podría percibir esa claridad tan tenue. Reconozco que no podía haber elegido fecha más inoportuna. Días atrás, Francia había declarado la guerra a Alemania. El ambiente era detestable y en espera de los acontecimientos, se distribuyó a la población máscaras de gas de la guerra del 14. Como mis padres eran refugiados en tránsito, no las tenían, y para evitar a la policía sólo salían si era necesario, con alguna prestada.

 

Las comadronas nos echaron de alli al día siguiente, porque trabajaban clandestinamente y temían que la policía descubriese su clínica improvisada. Regresamos con Gori a casa de Elio Obadia, donde nos instalamos esperando la fecha de embarcarnos en el vapor Massilia, que saldría de La Pallice-La Rochelle, rumbo a la Argentina. Una vez en Buenos Aires, el ferrocarril Pacífico nos llevaría a Chile, nuestro destino final inscrito los pasaportes establecidos por Pablo Neruda.

 

La Rue Pelleport, en el distrito veinte de Paris, era en aquel entonces parte de un barrio obrero, Belleville, que aparece en las acuarelas de Gori de la serie de Paris. El pabellón del Docteur Obadia no daba directamente a la calle. Había que franquear la puerta de entrada, evitar la mirada inquisitorial de la portera, atravesar un pasillo oscuro que desembocaba en un jardin, cuya presencia nadie habría podido adivinar desde fuera. Al fondo y a la derecha se encontraba el pabellón: una planta baja y un primer piso. Esa casa escondida en aquel barrio modesto, salido de alguna descripción de Zola, fué el refugio de mis padres, desde la salida de Argélès-sur-Mer, gracias a la generosidad y el cariño de Elio Obadía y de Paule. Alli oí los primeros ruidos y las primeras frases en francés.

 

Elio[1] era un médico de barrio muy querido, nacido en Orán, de origen sefardita - un detalle que en esos días de septiembre dejó de ser exótico para convertirse en amenaza. Ella, era una pintora bella, aristócrata y bohemia. Esos dos seres eran opuestos en todo, salvo en dos aspectos, las artes y la concepción intensa de la amistad. Elio amaba con pasión la música de la época, la francesa, la española, la argelina y la latino-americana. Para que pudiera disfrutar con tranquilidad de sus grabaciones, Gori limpió el sótano del pabellón, excavó el suelo, hizo esculturas de yeso, y transformó aquel cuchitril en una cave maravillosa y acogedora, que precedió de varios años aquellos subsuelos de Saint-Germain-des-Près, animados por los bailes y las canciones de los existencialistas.

 

A pesar de su aborrecimiento por el metro y sus efluvios, Paule[2] atravesaba Paris una vez por semana para llegar al taller de la Grande Chaumière a la hora de las présentations de modelos ante los dibujantes, estudiantes o aficionados. Gori la acompañó varias veces, y de aquellos tiempos inciertos quedan algunos desnudos que debían ser ejecutados por los artistas en un tiempo breve, y que hemos podido reunir en este portal. Dieciocho años mas tarde, en 1958, cuando viajé con Maricarmen a Europa, la acompañé a ese recinto venerable, y quedé impresionada por el silencio sepulcral que alli reinaba y por la dignidad de los cuerpos desnudos, indiferentes a las corrientes de aire de la sala.

 

En los meses que precedieron mi nacimiento, Paule y Gori solían instalar sus caballetes en las calles de Belleville. Gori abandonaba de vez en cuando esa querencia para revisitar territorios conocidos como Notre-Dame. El 15 de abril de 2019, cuando las llamas y la humareda de la catedral enrojecieron el cielo de Paris, sentí una profunda desesperación ante la imbecilidad de los seres humanos. Para calmar mi desazón, saqué de su carpeta el magnífico cuadro de Gori que hizo de ese maravilloso edificio en 1939, quizás el único de toda su obra cuyo tema central es un símbolo cristiano muy potente, conocido en el mundo entero y convertido ahora en un documento histórico. Entonces percibí un detalle significativo que no había advertido anteriormente: en el primer plano de la acuarela no aparecía la catedral sino una banderita republicana, la de la République Française de la Revolución de 1789, el símbolo de la laicidad inscrita en la Constitución francesa, que flameaba en el mástil de una barcaza del Sena. Entonce lloré, y me acordé de nuestra Sarita[3] para quién toda emoción fuerte requería llanto.

 

Al día siguiente, después de haberla fotografiado, decidí entregar la acuarela a mi hijo Alex para que conservara ese testimonio de lo que nunca volvería a ser igual.

Mi nieta Ariane, que tenía unos cinco años, sacó a su vez su cuaderno del Jardín de infantes y me dijo:

"Yo también la dibujé y lloré".

 

2. LOS DEL MASSILIA 

 

Dentro del grupo de los exilados (como se llamaban a si mismos, sin la i que requiere el Diccionario de la Academia), existían algunas distinciones vinculadas con el viaje transoceánico. Mis padres, Pepe Cañizares, Javier Farias, Andrés Mejuto, Clemente Cimorra, Gurrea, Mariano Perla, Cuadrado y muchos otros - cito aqui los que más me marcaron, eran Los del Massilia, y otros llegados ulteriormente, fueron Los del Winnipeg, o Los del Méjico, o de otros vapores cuyos nombres y fechas he olvidado.

 

Yo era una de ellos y aunque no podía acordarme de nada, mis padres y los otros compañeros de destino me transmitieron sus recuerdos y algunas fotos, como aquella de Gori, vestido de forzudo de circo, levantando unas pesas en la sala de Tercera, para celebrar el bautismo del paso de la línea ecuatorial. A Mamá un marinero le regaló su camiseta a rayas azul y blanca, que se puso en aquella memorable ocasión y, ya en Buenos Aires, se la ponía para bailar el charleston con una boquilla, en las fiestas de fin de año. Ya bastante gastada, la heredé como un trofeo. ¿Acaso yo no había nacido en Francia? Maricarmen solía evocar el deslumbramiento que le produjo la Bahia de Guanabara y la belleza de su población morena. En un reportaje que nos hicieron, salimos los tres en primera plana, y esa foto fué reproducida en Buenos Aires, en 1945, en un artículo del periodista Valentin de Pedro para la revista Aqui está. Allí también aparecía con mi hermanita, la Tonica. Si yo formaba parte de la guerra y del exilio, ella simbolizaba la esperanza.

 

Los españoles no ocupaban todas las cuchetas de la tercera del Massilia. Con ellos viajaban también judíos europeos que consiguieron salir de Europa en aquel barco, que fué uno de los últimos en cruzar el Atlántico. Esos dos bandos ocupaban las basses classes del vapor, es decir, las clases bajas. Ambos compartían un mismo destino, el del exilio, pero se diferenciaban en el temperamento, la idiosincrasia, y, ni qué decir, el idioma. Algunos venían huyendo de Italia y con ellos, la comunicación era mas fácil. Pero ¿cómo poder entender lo que decían los que hablaban yiddish? Sarita no había todavía entrado en nuestras vidas. Mientras que los nuestros cantaban canciones de las Brigadas para provocar a los pasajeros de primera, que observaban el espectáculo de aquellas gentes desenfrenadas desde la cubierta superior, los otros celebraban una fiesta religiosa, probablemente, dada la fecha, el año nuevo judío, y entonaban unas melodías "muy tristes y muy bonitas" según Mari Carmen.

 

Después del paraíso brasileño, la guerra ensombreció la travesía. Los franceses - reproduzco aqui los comentarios que recuerdo de mis padres - estaban muy nerviosos porque el submarino alemán Graf Spee, que rondaba en el Atlántico sur, se acercaba peligrosamente al Massilia. Afortunadamente esa pesadilla se disipó, porque los ingleses controlaron el acceso al Rio de la Plata y los alemanes cambiaron de rumbo. Alguien, no sé quién, dijo que esa niña recién nacida había sido la mascota de todos los refugiados. Entonces, un miembro del otro grupo, se nos acercó y me puso sobre la frente una moneda de cincuenta céntimos de lira, con fecha de 1925, que tenía grabada en mayúsculas la palabra AEQUITAS (ecuanimidad). Con la solemnidad que requiere toda ceremonia, aquel hombre aseguró que esa moneda me traería suerte. El desconocido, porque mis padres no supieron su nombre o lo olvidaron, iba rumbo a Paraguay y nunca más lo volvimos a ver. La moneda también me fué transmitida como una reliquia y a los quince años de edad le hice soldar un anillito para poder llevarla al cuello, y aqui está, en mi casa, esperando que pase a manos de mi nieta Ariane.

 

La llegada del Massilia a Buenos Aires, el 5 de noviembre, y el gesto extraordinario de Botana, director de Crítica, que ordenó al capitán que dejaran bajar a los españoles en Buenos Aires, porque él se haría cargo de todo, ha sido varias veces relatado por los historiadores. Botana, como es sabido, repartió entre ellos las ganancias que le diera su caballo que triunfó en una carrera memorable - Gori y Maricarmen siempre se emocionaban al oir el tango de Gardel Por una cabeza... Buenos Aires era en aquella época una de las ciudades más ricas y más cultas del mundo. Los españoles bajaron en tropel con sus bultos. Javier Farias fué el último en salir.  Antes de desembarcar se había dado una ducha, cuando de pronto, estando enjabonado desde las orejas hasta los pies, se cortó el agua corriente y tuvo que quitarse la espuma con una baraja. "No fué fácil", solía comentar.

 

3. MADAME BLOCH 

 

Fue un día como tantos, después de la guerra, la mundial, la de Francia, para distinguirla de la nuestra, la de Franco, aunque, como Gori siempre decía, daba igual, la segunda se preparó en la primera.

 

Un día cualquiera, a comienzos del 1946.  Iban a venir a cenar el poeta republicano Serrano Plaja y su mujer, Claude, "francesa como tu", me dijeron. En casa, el salón hacía a la vez comedor, sala de estar y atelier de Gori, y sin ser grande tenía el don mágico de adaptarse al número de gente que lo ocupaba. No sé si ese día éramos sólo nosotros y esa pareja invitada, o si había alguien mas. La Tonica era aún muy pequeña para cenar pasadas las 9 de la noche. Se ponía nerviosa y se desvelaba.

Mis recuerdos de aquella cena son a la vez nítidos y confusos, porque produjeron en mi un impacto que los adultos no percibieron, quizás porque yo era una niña callada, aunque de reojo miraba la delgadez de Claude, un rasgo insólito porque los republicanos, gracias a los bifes argentinos, estaban rebosantes de salud. En algún momento de la cena el tono de su voz bajó y la conversación tomó otro cariz. Del murmullo de Claude surgieron imágenes de pesadilla que no entendía bien, gentes metidas en hornos, ladridos, perros de colmillos como cuchillos, látigos, gritos, botas que dan patadas, bofetadas, frío intenso, humo negro escupido por chimeneas, "eran millones" susurraba Claude, "millones de judíos"... En algún momento de eso que ya no era una conversación sino una confesión, Gori se levantó y me dijo, "ya es hora de ir a la cama", y me llevó al cuarto donde Tonica dormía a pierna suelta. "Ya te lo explicaré".

 

La sola explicación de lo inexplicable, para una niña de seis años fué la Maldad, porque en los cuentos de antes siempre había algún malo para que se luciera el bueno: un lobo feroz que come a las abuelas, brujas envidiosas de Blanca Nieves, piratas sin ley, ladrones desalmados que ocultan sus tesoros en una cueva, dispuestos a cortar cabezas sin rechistar. Pero aquellos nazis de los que se estaba hablando, que ya yo sabía que eran malos desde que tuve uso de razón, y que para colmo eran amigos de Franco, me parecían ser de otra índole, por la voz temblorosa de Claude y su sollozo contenido. ¿Quiénes son los judíos? Pregunté a mi padre al día siguiente. "Gente como nosotros que viene de otros países”, respondió Gori, “como Sarita o Schapire". Yo no respondí, pero la comparación con seres queridos no hizo mas que acrecentar mi angustia.

 

Después de esa cena, pasé muchas noches soñando con nazis escondidos detrás de la puerta, en la escalera del incinerador de la basura, acechantes; los dibujé con sus esvásticas, y como habíamos sido educadas sin religión, no pude rezar para aliviarme. Lo único que me tranquilizaba un poco y que me repetía era que la Argentina estaba muy pero muy lejos, como decían mis padres, casi se salía de los mapas. En aquel año, a juzgar por las faltas de ortografía que no transcribo aqui, debí escribir en una carpeta verde, sobre una hoja suelta, el siguiente texto: "dos ojos a media noche me miraban dando besos de asombro. Les di una cachetada en un ojo, les saqué el ojo y mirando para mas alla, vi unos osos polares que me iban a comer. Yo me asuste tanto que me cai de la ventana.  Al fin me mori y un ojo me dió un beso de asombro. Fin. El jueves próximo".

 

Recuperé la carpeta verde cuando fui a Buenos Aires a vaciar el departamento de mi madre. Me la traje a Francia y tardé bastante en abrirla, no sé porqué. En todo caso, la lectura de esos textos mal escritos pero curiosos me confirmó lo que yo ya sabía: la escritura (no el dibujo) fue lo que me ayudó a luchar contra los espectros de la guerra, de las guerras con sus nazis, sus fusilamientos y sus bombas, pero ésa es otra historia que no cabe aqui. No olvido en todo caso la deuda de gratitud con Miguel Schapire, editor argentino que me fué regalando los libros en blanco encuadernados que en aquella época servían de modelo para calcular el espesor del volumen por imprimir. En ellos fui escribiendo, a lo largo de mi infancia y adolescencia, novelas, obras de teatro, versos, inclusive una tragedia en francés y en alejandrinos, hasta completar quince tomos. En la primera página del primer ejemplar caligrafié mi nombre: Carmen Paule Muñoz, Obras Completas, tomo 1.

 

Pero la historia, que nunca progresa en línea recta, no se acaba allí. En 1964 escribí desde Buenos Aires una larga carta a Claude Lévi-Strauss, en la cual le presentaba mi proyecto de tesis doctoral y solicitaba que me inscribiese en su seminario. Me contestó a vuelta de correo y a fines de agosto partí a bordo del Arlanza para Europa. En Paris, me esperaban Elio y Paule, en el pabellón de Belleville. No sabía entonces que nunca más viviría en la Argentina en forma permanente. Como no tenía beca, trabajaba para el sociólogo y profesor Alain Touraine y por lo tanto, necesitaba no perder demasiado tiempo en las bibliotecas. Lévi-Strauss me hizo una carta de recomendación dirigida a la responsable de la sala de lectura del Musée de l'Homme, única manera de acelerar el despacho de los libros. "Entregue esta carta a Madame Claude Bloch, ella le facilitará el acceso a la reserva".

 

En aquel momento no lo pensé. Llegué al Trocadero, subí a la Biblioteca y entregué la carta a esa señora de cabello cano junto con mi pasaporte, en el cuál estaba mi dirección, la casa de mis padres en Buenos Aires. La señora leyó mis señas, alzó la mirada y me preguntó: "¿Usted conoce a un señor que se llama Gori Muñoz y que vive alli?". "Claro, le respondí, es mi padre". Madame Bloch se levantó con los ojos empañados y me dió un fuerte abrazo. "Nunca he olvidado ni a sus padres ni a esa casa tan acogedora, que en aquella época terrible me brindaron amistad y alegría".

 

De más está decir que Madame Bloch me abrió, sin reserva, las puertas de esa reserva. 

 

4. VOCES Y ECOS 

 

"Acá en Buenos Aires ni se les ocurra decir coger, ni tampoco concha", esa fué el primer consejo que dieron los argentinos a los refugiados. “Qué disparate, dijo Maricarmen, si son palabras tan corrientes”. Pero obedecieron. En aquella época, las alusiones sexuales estaban muy mal vistas y quedaba feísimo, sobre todo en boca de una mujer, pronunciarlas. No quedó más remedio que suplir coger por agarrar ("¡ni que   tuviéramos garras, qué sandez!!!") y la segunda por caracoles, preferible a caracola, palabra femenina más cercana a concha. Gori era muy sensible a las sutilezas linguïsticas  y creo que esa afición la heredé de él, porque siempre me gustaron los idiomas y el paso brusco de la corrección académica al habla popular, una cualidad que encontré mucho mas tarde en André, mi marido. Asi supe, y supimos, cuando la Tonica creció, que puta no es exactamente lo mismo que putón ni que pendón. "Buenos Aires es una ciudad sorprendente", decía Gori. "Aqui es el único lugar del mundo dónde la puta que te parió, si se dice en tono enfático, es un elogio".

 

Escuchar esas voces y esas palabras siempre fué para mi un encanto. Desde el patiecito del fondo se oían los exabruptos del conventillo de al lado, y también los que lanzaba contra su madre el hijo del portero Nelson Carvajal, un criollo de ojos claros casado con una gordita rubia, la rusita, es decir, hija de inmigrantes judíos. En los primeros tiempos de Lafinur, cuando los habitantes del conventillo eran mas jóvenes, en los días de tregua a las voces acaloradas de los novios y maridos celosos, se oía un tango cantado por uno de ellos. En los domingos, subía hasta nuestro cuarto un olorcito de asado.

 

La reina del Babel de Palermo-Lafinur fué indiscutiblemente Anuncia, a quien la Tonica, que la adoraba, llamó Llalla, "llallita linda" le decía, y esa mujer poco agraciada se enternecía. La Llalla era gallega, originaria de un pueblo de Lugo de cuyo nombre no puedo acordarme. Hablaba un dialecto mezclado de galaico rural y de porteño, porque el castellano no lo sabía ni le importaba saberlo. A mi hermana, no sé porqué razón, la llamaba "instrumentu". "¿Qué hacides instrumentu?", para “qué haces”, una fórmula que servía tanto para el singular como para el plural. A Andrés Mejuto, su nocturno preferido porque era muy guapo, lo llamaba Señor Mifusto, y todo era asi, una subversión constante de la lengua.

 

Anuncia dormía en el cuartito del patio y nunca salía para no gastar. Nos tejía calcetines apretados, que habrían podido servir de manoplas medievales. Su hora de gloria era cuando Maricarmen le decía: "Anuncia, a ver si nos hace para los nocturnos del domingo una empanada gallega". Y la hacía, y era memorable, "porque está que rabea" (la pimienta que le echaba no era la de Europa sino la de algún pimiento puta-parió del Norte andino), y los comensales se ponían de pie para aplaudir a la cocinera. La Llalla, emocionada pero digna, saludaba y se metía en su cuartito con el arradio para escuchar algún culebrón.

 

Después de la Tonica, su preferida, creo que la persona que más quería y respetaba era Gori.  Cuando se rompió el brazo derecho en una filmación y tuvo que dejar de trabajar durante cuarenta días - una catástrofe - ella le propuso darle todos sus ahorros, "después devolvides", cosa que Papá no aceptó pero que lo conmovió hasta las lágrimas, porque la Llalla no prestaba ni diez centavos. Al cabo de un tiempo, una mañana nos dijo de sopetón que había llegado Arturo de Galicia, su marido, y que se iba a vivir con él. "Pero coño, Anuncia, ¿porqué nunca nos ha dicho usted que estaba casada?", Gori estaba estupefacto ("es que los gallegos son muy reservados", decía Mamá). Entonces ella contó a mis padres - y eso no lo supimos enseguida - que la mueblería que había comprado Arturo era en realidad una amueblada, es decir, un lugar para que las parejas pudieran discretamente solazarse, "usted ya sabedes, señor Gori, cosas feas pero que dan plata". Efectivamente, con ese negocio les fué muy bien y poco a poco la perdimos de vista. Esa fué la contribución de la pareja de Lugo a la lucha contra la mojigatería de la burguesía.

 

Los gallegos de Buenos Aires tenían mucho mundo y, gracias a Pepe Iglesias, El Zorro, un imitador genial de acentos que pasaba por la radio, pudimos volver a "oir" la jerga creativa de Anuncia en su número infaltable "¿Está Curra Laprato?", en vez de “hola”, el aparato era el teléfono. También estaban los mondoñedos, que desempeñaron un papel importante en la vida del barrio. En realidad, Mondoñedo era el nombre de la taberna, que estaba en la esquina de Lafinur y Cabello. Un local antiguo, de esos que describe Borges, un boliche como los que pintó Gori, con mostrador de mármol, en dónde se alineaban varias campanas de vidrio para proteger de las inevitables moscas  los jamones, los quesos y los dulces. Si no había nada de postre, se bajaba a última hora para comprar un probolone italiano y una porción (grande) de dulce de batata (o de membrillo, si se había acabado el otro, y que a mi me gustaba menos). Con eso se armaba un delicioso postre de vigilante. ¿De dónde saldría ese nombre tan curioso? El vigilante era un agente de la policía municipal, un guarda que cuidaba a que los niños no cruzaran delante de los tranvías y que no rondara en torno a ellos ningún sinvergüenza, porque él conocía a todo el barrio y era de confianza. Probablemente no tenía demasiado tiempo para almorzar y con ese postre estaba al cabo de la calle.

 

Reducir Mondoñedo a ser un simple almacén de barrio es minimizar su importancia, y ahi me viene una palabra en francés, "son rayonnement". No es excesiva. Cuando Perón accedió al poder, los gallegos, dos hermanos creo y había alguna mujer también, pero se la veía apenas, convirtieron la taberna en un cuartel general peronista, donde se comentaba alguna frase memorable del Hombre o de Evita, alguna acción del Sindicato, y sobre todo, el resultado de las carreras de caballos. También se jugaba al truco o a la brisca, en torno a una cerveza Quilmes cuando llegaba el calor. Como todos eran peronistas y nadie les llevaba la contra, las disensiones y las voces tenían que ver principalmente con las cartas y con los pingos o maturrangos, cuando el potro al que se había apostado decepcionaba por su pachorra. Algunas veces, el tono, de por si brioso, subía de varios decibeles. "Están los mondoñedos enarbolados", decíamos, porque esas vociferaciones nos asustaban un poco, cuando los domingos nos mandaba Gori a comprarle sus Particulares Livianos, porque fumaba como una chimenea.

 

Los gallegos fiaban a sus clientes hasta que un día se hartaron de tanto zángano gorrón. Perdieron todo el dinero en los burros y no podían sostener a los muchachos que protestaron y también imploraron, "¡Che, que ya no tenemos ni un pucho pa fumar!". Entonces se oyó retumbar, en tono galaico y rotundo, esta frase memorable que nos marcó:

"Si quieren fumar, fumen hostias", y los echó.

 

Y asi empezó la tristeza a rondar por el barrio.

 

5. EL HOMBRE DEL CLAVEL

 

Clemente Cimorra era uno de los del Massilia, a quien Botana contrató como periodista para su diario Crítica. Era un hombre corpulento, o por lo menos asi lo recuerdo, aunque, como era una niña, todos ellos, salvo Pepe Cañizares, me parecían imponentes. Lo que más recuerdo de él era la voz, jupiteriana (eso lo pensé mucho más tarde), que dominaba el guirigay hispánico. Gori, como era valenciano,  hablaba más suave y más bonito, pero Cimorra era un trueno, contundente y con chispa, porque sus intervenciones, implicaban casi siempre un coro de carcajadas. Efectivamente, no era un aburrido, ni un pelmazo, ni un ladrillo, categorías fundamentales en la sociología de nuestros padres.

 

Cimorra tenía mucho éxito con las mujeres, según se decía, y, aunque de recursos modestos, siempre iba bien vestido, con un clavel en el ojal. Era el principal animador  de la tertulia republicana del Berna, en la Avenida de Mayo, y como tenía gran capacidad sonora, sus tiros vocales interrumpían la tertulia del café vecino, la de los fascistas chupa cirios, que respondían a la provocación con sus propios flechazos. En algún momento de la noche, antes que terminaran ambos bandos a farolazos, algún mozo del Berna, cuya misión consistía en ver si no había moros en la costa, es decir, la cana, versión porteña de la policía, decía "mejor se rajan y mañana pagan los cafés". Eran épocas difíciles. Un triunvirato militar, presidido por Ramírez, había suprimido los sindicatos y las actividades políticas, y apoyaba a los países del Eje. Rawson y Farrell estaban con Ramírez en aquel gobierno infame que tanto preocupaba a los republicanos. El ministro del trabajo era Juan D. Perón, él todavía no había entrado en mi mundo ni en lo que será el suyo. Estábamos a fines del 1943 o a principios de 1944.

 

A mí lo que me tenía mal en aquellos tiempos eran las anginas, una tras otra, que habían aparecido después de la "tos con bolsa", como yo llamaba a la tos ferina o tos convulsa para la cuál, en aquella época, no había otro remedio que un repugnante jarabe y "paciencia y barajar". Gori, impresionado por mi tos perruna, dijo a Maricarmen: "tienes que llevar a la niña a que vea correr el agua, porque eso es muy bueno para esas toses". Esa receta mágica la tenía de su madre. Aunque a Mamá no le gustaba demasiado caminar porque estaba embarazada de Tonica (que nacería en abril de 1944) y el calor apretaba, me llevaba todas las mañanas hasta el Rio, atravesando el parque Palermo, pasando delante de la estatua de Caperucita Roja con el lobo atisbando a un lado, que tanto me encantaba, cruzando el túnel del ferrocarril donde todavía no se habían instalado los cabecitas de Perón,  hasta llegar, después de mas de media hora, una  eternidad para mi, al muelle del Club de Pescadores. Como yo ya había tosido y vomitado hasta el alma a lo largo del camino, "señora, como tose la nena", decía alguna persona de paso en tono de reproche, la bolsa estaba vacía cuando llegábamos a la Costanera, y la visión del Rio de la Plata, los veleros y las dragas, la brisa fresca y las gaviotas me calmaban, dando razón a Gori.

 

Después de ese episodio, aparecieron las anginas, enfermedades que todos los niños tenían que soportar para hacerse fuertes. Ahi fué cuando el médico decidió operarme al mismo tiempo de la nariz y de la garganta. Eso me aterró. "Mirá, dijo el médico, si no te operás, te vas a parecer a Farrell". Santo remedio porque para mi, Farrell, además de malo, era un hombre muy feo que se parecía a un mono.

 

Me operaron y todavía tengo en mi memoria olfactiva el olor acre de la anestesia. Me llevaron a casa a los dos días, todo parecía haber salido perfecto pero en la noche siguiente vomité sangre y Anuncia, asustadísima, despertó a mis padres. Gori me llevó en brazos, consiguió un coche en el garage de los gordos, al lado de casa: "se me muere la niña!!!", me volvieron a internar, porque efectivamente la cosa era grave. Pero en la Argentina, ninguna gravedad podía justificar el dejar solo a un enfermo (y menos si es  un niño). "Sólo puede quedarse con la nena una sola persona, dos no", dijeron. Es asi como Gori, sin pedir consejo a Maricarmen, metió en mi cuarto a mi tío Cimorra, que estaba escondido, huyendo de la policía. "Nadie vendrá aqui a buscarte", le dijo. Mi protector (aunque en realidad era yo quien lo protegía) se quedó varios días alli, leyendo periódicos, contándome cuentos que no recuerdo y comiendo compota de orejones. Eso nos unió: "con esta niña he compartido muchos secretos", solía decir, y hasta me dió una vez su célebre clavel, "porque tu eres la mas valiente y la mas guapa".

 

Clemente siguió con su vida bohemia, semi tolerado por Perón, cuando éste ganó las elecciones, y trabajando para Crítica, su verdadero hogar, hasta que el gobierno intervino ese periódico en 1951. Venía de vez en cuando a la cena de los nocturnos y aparecía fielmente en los estrenos de teatro, sobre todo a los de Gori, siempre con su legendario clavel rojo. Cuando empezó la televisión, en los años cincuenta, Cimorra, como Farias, fueron solicitados para organizar programas culturales. Nuestro padre despreciaba ese invento que amenazaba al cine y juró que nunca entraría en su casa. Tardó mucho en ceder, yo ya vivía en Paris, cuando claudicó porque el televisor era perfecto para ver los partidos de futbol que le encantaban.

 

Cimorra y Farias no podían permitirse el lujo de desdeñar esa fuente eventual de recursos. A Cimorra le salió un contrato interesante, pero héte aqui que le dió una gripe, a él que nunca había tenido nada, justo la víspera de la ratificación y la firma del convenio. Como se sentía muy mal, fué a una farmacia donde le vendieron un remedio radical: "usted se toma una pastilla cada seis horas y va a estar regio".

 

Lo que sigue ya pertenece a la historia oral o a la memoria colectiva del exilio. Convencido de que una pastillita no podía restaurar su cuerpazo, se tragó todo el contenido del frasco, o la mitad, que ya era mucho "porque ya sabéis lo bruto que era". Eso le desencadenó una hemorragia brutal, "le salía sangre por los poros", total que murió a las pocas horas.  Todos lloramos, yo no fui al entierro porque no podía faltar al colegio, pero sé que su tumba quedó cubierta de ramos de claveles y que lo lloró mucho una mujer a quien nadie conocía, salvo Farias quizás, que mantuvo el secreto.

 

De los del Massilia, Cimorra fué el primero de quien se enamoró y llevó al río la Llorona. El fué quien presidió el inevitable cortejo espectral, cuyo ritmo empezó muy pronto a acelerarse.

 

6. EL HONOR DE EVA DUARTE

 

Gori se levantaba muy temprano para ir al estudio cinematográfico de Bella Vista, propiedad de los Machinandiarena. Tenía que subir hasta el puente Pacífico y tomar un tren que yo conocía porque de vez en cuando íbamos a Villa Devoto, a ver a mi amiguito francés Charles Besfamille que conoci jugando en el parque de Palermo. En mi cabeza, poco a poco, las casas de mis amigos tejían el mapa de Buenos Aires.

 

Gori había comenzado a trabajar en el cine gracias a Gregorio Martínez Sierra, un hombre liberal del último decenio del siglo XIX, muy inteligente y talentuoso que había emigrado a la Argentina a comienzos de la guerra civil, para poder dedicarse a lo que le apasionaba: la dirección de películas, cosa imposible en España. Aunque no formaba parte de los refugiados, se lo respetaba. Yo aún lo recuerdo por su flacura y su calvicie, y sentí un cierto miedo quizás porque fue la primera persona mayor y descarnada que veía.  "Anda niña, dale un beso a don Gregorio", decía Mamá y me pellizcaba. En ese entonces yo ignoraba que ese señor tan distinto de los nocturnos, había llevado una doble vida azarosa con la actriz Catalina Bárcena. Es incuestionable que don Gregorio dió trabajo a varios republicanos, siendo uno de ellos Alejandro Casona, guionista para el cine, antes de poder vivir de sus comedias que lo convirtieron en la coqueluche del teatro español, según un término afrancesado corriente en el Río de la Plata.

 

En 1944, esta vez bajo la dirección de Mario Soffici, un nombre importante en la historia del cine argentino, Gori tuvo a cargo la escenografía de La Pródiga, inspirada en una novela del siglo XIX por Casona: una viuda, heredera de una gran fortuna, decide repartir ese dinero entre los humildes para sacarlos de la pobreza. Argumento que tuvo una enorme influencia en la protagonista principal, una estrellita joven de radioteatro, un género muy apreciado por las clases medias y populares. Maria Eva Duarte era muy bonita y su belleza contrastaba con su lenguaje zafado, porque ella era de origen modesto, hija natural de un hombre de campo de la provincia, y estaba dispuesta a sobrevivir.  Cuando poco antes sobrevino el terremoto de San Juan, una gran tragedia argentina, ella participó en la campaña en favor de los damnificados y alli conoció al coronel Perón, ministro del Trabajo. "Coronel, gracias por existir", le dijo la joven.

 

El gobierno del general Ramírez había suprimido los sindicatos y toda forma de oposición, dando lugar a una seguidilla de huelgas que retrasaron la filmación, asi como el remplazo de una actriz conocida, Mecha Ortiz, por Eva Duarte, que aún era una figura secundaria, pero que vivía ya en la calle Posadas con Perón. A esa casa justamente Gori fue con mi madre a llevar unos figurines a Eva, que a ella le parecieron regios. El coronel estaba en la cocina haciendo unos bifes que olían muy bien, y Mamá quedó impresionada por el cutis de porcelana de la estrellita.

 

En febrero de 1945, Edelmiro Farrell remplazó a Ramírez después de haber declarado la guerra al Eje en febrero de 1945... Los ánimos estaban muy exaltados, tanto en la ciudad como en el estudio. En ese ambiente tan tenso que reinaba en los estudios, alguien insultó en público a la joven actriz. Gori se interpuso con autoridad: "Delante de mi nadie llama puta a una mujer". Después de esa declaración rotunda, el incidente se dió por terminado y se retomó la filmación.

 

Y llegó el 17 de octubre, precedido por la lucha entre Farrell y Perón, que gozaba de gran popularidad entre los obreros de los frigoríficos de Berisso y Avellaneda - la Argentina era el mayor país exportador de carne para Europa, destrozada por la segunda guerra mundial. Farrell trasladó a su rival a la Isla de Martin García para quitárselo de encima, desapareciéndolo quizás como se rumoreaba, pero la popularidad del coronel era tal que no tuvo mas remedio que sacarlo de alli para confinarlo en el Hospital Militar. Los hechos que siguieron son conocidos: Eva Duarte y las turbas del proletariado  rescataron a Perón del Hospital, los obreros cruzaron los puentes sobre el Riachuelo y llegaron en batallones ingentes a la Plaza de Mayo. Las fotos de esa época muestran a esa muchedumbre exaltada y alegre, refrescándose en el estanque frente a la Casa Rosada. Farrell no pudo resistir a ese desborde y desapareció del mapa político. El 22 de octubre, de ese año Perón y Evita se casaron, y el nuevo hombre fuerte exigió que le entregaran todas las copias de la filmación, que fueron destruídas, menos una, como siempre pasa, y en 1984, La Pródiga y su heroína, convertidas en vintage, estuvieron cierto tiempo en la cartelera de Corrientes y Lavalle.

 

El Partido Laborista llamó a elecciones y en 1946 el General Juan Perón asumió el mando por vía legal. Eva, se convirtió en la pródiga Evita, y dedicó los seis años que le quedaban de vida a la justicia social, no exenta de venganzas. Ya en el poder, como ninguna mujer lo había estado antes de ella, Evita mandó llamar a Gori y le dijo: "Che gallego, vos sos el único que me defendió cuando todos me insultaban, pedime lo que vos quieras". Gori le repondió, "Mira Evita, tu sabes que no estoy del todo de acuerdo con vuestra política". "Sos un cabeza dura, pero pedime", le repitió ella. Y entonces Gori, que nunca pedía favores a nadie,  le habló de su hermano Tonin, que estaba pudriéndose en una cárcel de España y que él quería traérselo a la Argentina. Evita aceptó y, con gente de su confianza, preparó un ardid ingenioso para sacar a Tonin de España sin pasar por Franco, a quien la Argentina vendía toneladas de trigo. Desgraciadamente esa tratativa fracasó, como mi hermana lo cuenta en sus testimonios. Pero Evita no se olvidó de aquel que la había defendido y según contaba nuestro padre, habría dicho: "a ese gallego cabeza dura nadie me lo toca".

 

Evita murió, Perón hizo un segundo mandato hasta que fué depuesto en 1955 por la revolución Libertadora, llamada tambien la Libertadura. En esos primeros años en los cuales otros militares remplazaron al precedente, un periodista de la revista Life tomó contacto con Gori porque alguien le había dicho que tenía fotos inéditas de La Pródiga, película que había desaparecido. Los de Life proponían una suma no desdeñable en dólares por ese scoop, pero Gori dijo no. Esas fotos se las había dado Evita, que se las dedicó en aquella ocasión,  y no las vendería. El periodista salió de casa atónito porque no se esperaba encontrar en esa ciudad tan sensible al color del dinero, a un español con valores medievales. El gringo no debía haber leído el Quijote.

 

La fecha de la muerte de Evita, el 26 de julio de 1952, coincidía con el cumpleaños de nuestro padre. Festejarlo "quedaba feo" y nuestros vecinos, peronistas de la primera hora, y excelentes personas como lo demostraron mas tarde, podían ofenderse (y tal vez comentarlo...). Más tarde llegó otro 26 de julio, cuyo protagonista principal fué Fidel Castro, no muy bien visto por las nuevas autoridades. Cantar y brindar en esa fecha era inoportuno para los peronistas, pero también para los gorilas de derecha.

"Evita y Fidel te han chafado el cumpleaños, Gori", dijo Maricarmen.

 

7. COSAS VEREDES 

 

Para mi la Liberación de Paris fué un gran momento marcado por la alegría de mis padres, por las canciones que se escuchaban por la radio y porque ese día tan esperado me fui a dormir a casa de Rafaelillo y Ana María, ésta aún muy pequeña, bajo la guarda de Ernestina.  Los Prados, sus padres, salieron a manifestar a la Plaza de Francia con Gori, Maricarmen, los Alberti y muchos republicanos, cada uno con su escarapela azul, blanca y roja de esa otra República a la cual yo pertenecía, como me lo decían. Tonica, que era todavía un bebé,  se quedó en casa con la fiel Anuncia. En aquella manifestación hubo palos y arrestos, y algo de esa violencia trascendió, porque recuerdo los improperios de mi padre y también, la sensación general de inquietud que yo percibía en los mayores. Por suerte los niños tienen la facultad del olvido y el río volvió a su cauce.

 

En abril de 1945 - yo tenía 5 años y medio - la política volvió a animar las discusiones. Gori y los nocturnos se alegraron de la muerte del Duce y de la Petacci, colgados de unos travesaños en Milán - "colgado de los huevos", decía mi padre, un detalle quizás agregado por su imaginación.  "Por fin!", decía mi madre, que odiaba a Ciano, al cual ella se había enfrentado verbalmente en la Exposición Internacional de Paris, en 1936. Las paredes del barrio se llenaban de carteles, "Peron si, Braden no", es decir Spruille Braden, embajador de los Estados Unidos, hostil a esos militares que habían tomado el poder y que habían simpatizado con el Eje. ¿Braden era malo o era bueno?", preguntaba yo, porque Braden era americano y por lo tanto un aliado, pero sentía confusamente que las cosas no eran tan simples. "Tu te callas", me dijo Gori, que son cosas de mayores". El café de la esquina, el de los Mondoñedos, era un hervidero y los gritos de los muchachos me daban miedo. Evita, teñida de rubio, ya no era una joven actriz sino una persona importante. "¿Es la presidenta de la Argentina?", pregunté. Para mi era mucho mas linda que Farrell, desde luego..."Déjate de tonterías, niña".

 

Llegó el mes de agosto, un mes siempre desapacible en Buenos Aires. Mis padres no estaban en casa, porque siempre había algún estreno teatral, alguna cena, algún homenaje... Yo terminaba de comer cuando, por debajo de la puerta, el diariero deslizó el periódico de la noche, La Razón. Anuncia se puso tensa, porque la primera página traía letras muy gruesas y muy negras, y se volvió hacia mi: "vos sabedes leer". Si, las letras de imprenta las entendía porque Gori me las había enseñado, primero con las de pasta que se echaban en la sopa, y también con otras, verdes, talladas en madera.  Rafaelillo, mayor que yo, las deletreaba muy bien en voz alta cuando íbamos en tranvía, para no aburrirnos. Entonces, siguiendo los letreros amenazantes con el dedo, descifré aquel mensaje: el de una bomba terrible que había caído en un lugar muy raro, H-I-R-O-S-H-I-M-A. Era el 6 de agosto de 1945.

 

Anuncia se puso lívida, "¡cosas veredes!". Porque esa bomba, según me dijo, era mucho peor que las que cayeron en España.  Por ejemplo, si tiraban una en Mar del Plata - un balneario que quedaba muy lejos - todas las casas de Buenos Aires y toda la gente ibamos a desaparecer. Anuncia estaba muy alterada y me metió en la cama. Yo estaba aterrada porque habían sido los aliados, es decir los buenos, los que habían hecho aquello. Esperé un tiempo que me pareció infinito, hasta que mis padres regresaron, muy nerviosos. "La Argentina está muy lejos de todo eso", me dijeron, aqui no pasa nada, nunca hubo esas guerras", pero yo no los creía del todo. Esa bomba terrorífica y la que siguió, se agregaron a los nazis de las pesadillas, pero no dije nada.

 

Pasó un tiempo, ¿unos 3 años? , y un sábado Sarita nos llevó al cine a Rafaelillo y a mi a ver dos películas americanas que se daban en continuado: la primera se llamaba en castellano Lo que fué, y trataba de la desaparición de los dinosaurios; la segunda, futurista, el contrapié, era Lo que vendrá, que desarrollaba el tema de una guerra cósmica con bombas espantosas, que comenzaba en el año 1950. Los dinosaurios retorciéndose de dolor bajo la lluvia de meteoritos y los hombres modernos (¿o los marcianos?), con sus bombas atómicas nos impresionaron mucho a los tres - Sarita era muy emotiva y nos decía, "chicos, son solo películas", aunque sin convicción.

 

El 31 de diciembre de 1949, como todos los 31, estábamos todos reunidos en casa para festejar el año nuevo, y ese día los niños podían quedarse con los grandes toda la noche. A las 12 de la noche, 1950 fué anunciado por el descorche de varias botellas de sidra y de champagne, al son de las canciones de la guerra de España, y como vivíamos en un primer piso y que esa fecha coincide con el verano en Buenos Aires y el calor bochornoso, los vecinos no podían dormir y preferían escuchar nuestros cantos desde la vereda de enfrente, aplaudiendo y gritando vivas.En medio de tanta bulla, Rafaelillo me dijo, bajito: "Si serán tontos! Es que no han visto la película!" 

 

Si, el año fatídico había llegado...

 

Y llegó, al poco tiempo, en todo caso para mi, porque los Prados se fueron a vivir a Chile y perdí a Rafaelillo. Maria del Carmen, su madre, no quiso que fuéramos a Retiro a despedirlos, para no ponernos tristes. Pero con Mamá fui (o fuimos) hasta el puente Pacífico, que quedaba cerca de casa, y desde la calle vimos pasar el expreso de Chile.  Y todo se volvió gris, y frío, como una puerta metálica que se cierra para siempre.

 

8. ME LLAMO GORITA

 

Aunque oficialmente me llamaba Carmen Paule Amparo, mis padres me dieron algunos apodos: el de Carmencita duró poco, remplazado por La Ranita, porque dormía bocabajo con las piernas arqueadas. A su vez la Ranita rebautizó a Maricarmen, porque en las cartas de aquella época, los amigos y también Gori, antes que naciera la Tonica, hablaban de Las Ranas, incluyendo, en la categoría de esos simpáticos batracios, a madre e hija. Cuando empezaron a salirme unos dientes como paletas, me convertí en La Ratita y, a veces, el diminutivo se convertía en La Rata, apodo que me espeluzna hasta ahora. Dejo de lado el que me daba algún porteño: "¿te gusta el dulce de lechita, gorda?".  En Buenos Aires, gorda, flaca, negra, ñata, petisa, eran términos generales y corrientes, y cada uno tenía su apodo, sin ofenderse.

 

Por suerte, como en los cuentos, un príncipe vino por fin a liberarme de esa retahila de nombres, oficiales y zoológicos: Rafaelillo Prados. El tenía un año más que yo, era también francés, de Toulouse, muy travieso y al mismo tiempo ya con gran afición de lector, cosa que siempre nos unió hasta hoy. Que baste aquí decir que jugábamos mucho, metíamos mucho ruido, rompíamos cosas sin haberlo intentado, nos manchábamos con chocolate, enfin, eramos niños muy dinámicos y cuando estábamos juntos, temibles. Un día de lluvia, como se aburría, Rafaelillo pidió a su madre que lo llevara a casa de la Gorita, así a secas. A Gori y a todos les pareció ese nombre evidente y desde aquel lejanísimo día conservo ese nombre hasta hoy. No sólo la familia aumentada de los nocturnos lo adoptaron inmediatamente, sino mis amigos argentinos de la Universidad, y también los peruanos que conocí en los años sesenta y que los mas antiguos lo siguen empleandoen este año de 2021. Cuando volvi a Paris con Mamá en 1958, Paule me llamó inmediatamente Goritá, porque en francés la a final siempre va acentuada.

 

En el Collège Français yo seguía siendo Carmen, aunque con otra música puesto que un acento largo sobre la última sílaba la alargaba. A esa Carmènne le fui agregando otros en la adolescencia: el primero fue el de Paule pero a partir de la clase de 4ème (tercer año de secundario), me puse Arouet por amor a Voltaire. Me animé a hacerlo porque la profesora de literatura y de latin era Mme Lagoubie y, para los nocturnos, "la mujer de Yuesma", un republicano español. Madame Lagoubie no hizo ningún comentario ni se burló de mi. Dos años mas tarde agregué, después del Carmen Paule, el de Arthur, asi, en masculino, en homenaje a Rimbaud. Tampoco el profesor hizo la menor objeción, porque yo era buena en letras, y debió sentirse orgulloso del efecto que su clase sobre el poeta había producido en mi. Luego, por discreción o pudor, Arthur se convirtió en A, y mis padres creyeron que había recuperado el Amparo y se tranquilizaron. Estuve tentada de ponerme Dostoiewska, pero finalmente me llamé a sosiego.

 

Cuando llegué a Paris para estudiar, en 1964, como la ñ no existe en francés, tuve que aceptar que me llamaran Munosse, preferible al horrible Mougnosse. La imposibilidad de la eñe me valió un verdadero follón con el Seguro Social, porque una funcionaria transcribió mal mi apellido. También me preguntaban si había perdido a mi toréador - esto es lo que se llama un clásico, ya que, a pesar de mis años, el vacunador contra el covid que me tocó en 2021, me lo repitió. Recuperar mi nombre, ahora agitanado, afrancesado por Bizet y subversivo, me gustó y me sigue gustando. El Carmen así redefinido me singularizaba de la caterba de Cármenes de mi familia, la real y la extensa de los republicanos, para quiénes segui siendo Gorita.

Cuando me casé con André en junio de 1966 me converti en Madame Bernand. “Uf!!, ya nadie me pondrá mal el apellido”. Pues no, porque como el mas frecuente es Bernard, y no Bernand, que lleva una ene bastante insólita, tengo que deletrearlo constantemente.

 

El poner nuevos nombres siempre fué para mi una tendencia. Cuando nació Tonica yo todavía estaba en el último grado del Jardin de Infantes y la maestra me dijo si había llegado el bebé; le dije que si y que era una nena tan linda que la habíamos llamado Perlita (yo quería borrar el Antonia, que me sonaba muy austero...). Mamá vino un día a buscarme porque íbamos a encontrarnos con Rafaelillo y su madre en las Barrancas de Belgrano, para que Pepe Cañizares nos hiciera unas fotos con nuestros uniformes. La maestra le preguntó como estaba "la petite Perlita". "¿Qué?", exclamó Maricarmen, "si se llama María Antonia, Marie-Antoinette si prefiere”.

 

La manía de cambiar los nombres debe ser hereditaria, porque Alex nunca llamó a su padre André, ni siquiera Papá, y le fué inventando una larga lista de apodos que fué enriqueciendo en la adolescencia, hasta que se estabilizó en Yak, que es para Ariane el nombre verdadero de su abuelo. Ella si es la única que conserva su nombre de pila, quizás porque justamente no existe en ninguna de sus dos familias y le pertenece por entero.

 

9. EL MAR Y LAS BARRICADAS

 

Son las 8 y cuarto de la mañana. Estoy en mi casa, en Paris: cielo bajo, calefacción poco convincente, atmósfera covidiana pesada. Por suerte, encendida desde las 6,  France Musique, la compañera de mi última ruta, está pasando la canción de Charles Trenet, La Mer, que se estrenó en 1946. Abandono el texto sobre los orígenes de la metalurgia en los Andes, y retorno a Buenos Aires con Maricarmen, que nunca perdonaba una emisión de Pierre D'ans (ojo, pronunciación porteña), dedicada exclusivamente a la canción francesa. De todos los chansonniers que escuchaba Mamá y que marcaron mi infancia, el que mas me gustaba era Charles Trenet, y sobretodo "La Mer", cuya melodía me colmaba de felicidad y alegría mientras que Mamá echaba alguna lagrimita nostálgica pensando en Belleville y en el Pabellón de España. Me encantaba su voz, que manaba sin esfuerzo e inundaba de luz nuestro salón oscuro. La suavidad del idioma y la melodía que parecía fluir naturalmente  contrastaban radicalmente con la exaltación que me provocaban los himnos guerreros de los Nocturnos, como llamamos a los asiduos visitantes de los domingos, nuestra verdadera familia.

 

A la música del idioma francés ya me estaba acostumbrando, porque iba al Jardin de Infantes del Collège Français donde nos enseñaban canciones folklóricas muy bonitas, como Au clair de la Lune, Frère Jacques y Cadet Roussel, que la maestra acompañaba en un piano que alli había. Y los niños decíamos "ding, dong", marcábamos el compás, dábamos palmadas y hacíamos rondas. La que mas me gustaba era desde luego  La Marseillaise.  A pesar de ser pequeña intuía que ese himno marcial tenía mucho que ver con las canciones de la guerra de España que se oían en casa y "que mamé en la leche", según la expresión típica del Inca Garcilaso, otro personaje que fué y es todavía muy importante en mi vida. Había que aprenderse de memoria sólo las estrofas principales de La Marsellesa, porque el 14 de julio, un día que en aquellas latitudes era invariablemente desapacible, "porque sopla el pampero, que viene de Patagonia", teníamos que estar formados en el patio del Hospital Francés de Buenos Aires, con calcetines blancos impecables, resistiendo con dignidad y valor a los embates de ese viento de los confines del mundo, y entonarla correctamente ante la bandera azul, blanca y roja.  Fuera del Colegio, Odette Besfamille, su esposo y mi amigo Carlitos pertenecían a aquel mundo lejano.

 

La Mer y la Marseillaise fueron los dos pilares de mi identidad francesa, inscrita en mi cédula argentina de residente. Ese dato no era simplemente formal. En la Argentina, donde imperaba el Derecho del Suelo, como en todos los países de inmigración,  tu eres de donde naces y para todos los porteños yo era francesita: "Mirale la carita a la nena, con su flequillito, se le nota que es francesa", "ella es sapo de otro pozo" o "la tierra siempre tira". Sin embargo yo no era rubia como me imaginaba a las francesas cuyo prototipo era en mi imaginación, Paule, mi madrina, y Maricarmen solía decir: "Qué pena que no hayais heredado los ojos verdes de vuestro  padre".

 

La primera vez que fuimos al Uruguay, la guerra aún no había acabado y tuve que pasar por una puerta especial, detrás de una pareja de alemanes, porque Francia, ocupada, era un país del Eje. Se armó un gran revuelo en aquella aduana al cual contribuyó mayormente Sarita, que nos acompañaba, y que clamaba: "es una nena, déjenla, ¿cómo va a pasar sola?",  contagiando a los policías de inmigración que tenían que cumplir con la ley, pero se conmovieron y me dieron galletitas y caramelos, "pasá tranquila, che"; una mujer de uniforme me dió un beso y parece ser que dijo, "déjense de pavadas". Total que subí al barco de la carrera como si fuera una embajadora, porque para desagraviarme, hubo gente que aplaudió. Esa identidad francesa que Francia no reconocía porque mis padres eran gentes sin papeles legales y para la España de Franco tampoco eran ni éramos españoles de primera, me causó muchos dolores de cabeza hasta que todo se resolvió con el tiempo.

 

Pero volvamos a la Marsellesa. Aquel canto era más que un himno nacional. De eso me fui dando cuenta progresivamente, gracias a mis padres y a las enseñanzas de Juan Paredes. En la clase de Première, es decir la penúltima del secundario francés que cursaba en el Collège Français, el profesor de historia, Monsieur Duché, hombre de sensibilidad socialista y aficionado al teatro, tuvo la excelente idea de organizar un debate contradictorio en la clase, para ayudarnos a repasar la Revolución Francesa. El tema tenía por supuesto gran importancia en el programa y la fecha fatídica del examen se acercaba. Para defender la causa de Luis XVI, Monsieur Duché eligió a Georges-Henri de La Tour d'Auvergne, hijo de una familia aristocrática que residía en un palacete de Palermo Chico. Era el único de la clase que tenía esa legitimidad. Volviéndose hacia mi, porque ya él sabía cuál era el paño, me mandó defender al pueblo en armas de los Sans-culottes. Teníamos una semana para prepararnos.

"Nada de histeria, dijo Gori, con gritos no se consigue nada. Tu tienes que argumentar sin excitarte; presentas poco a poco cada argumento, no todos de mogollón, que después te quedas sin armas. Comienza por el mas general. Tu, impasible, ¿me entiendes?". "¿Y por donde empiezo?", le dije. Gori buscó un libro de arte de su biblioteca y lo abrió en el capítulo dedicado a los tres hermanos Le Nain, pintores franceses del siglo XVII. "Por esto", me dijo. El cuadro tenía colores oscuros y representaba a unos campesinos famélicos, sucios, descalzos, en medio de un paisaje frío como una heladera. "Estos tres pintaron el mundo de los rústicos como era y no como se los imaginó María Antonieta".

 

Seguí los consejos de Gori y gané el debate. Monsieur Duché me felicitó, pero también tuvo palabras de aliento para mi contrincante, que se había defendido con dignidad. Y cuando pasamos la primera parte del examen del bachillerato, Georges-Henri nos mandó a cada uno una invitación a su palacete, para celebrar el acontecimiento. "Nos trató como un duque", conté.  "Asi tiene que ser", dijeron mis padres.

 

10. TARZAN Y LA SILLA ELÉCTRICA 

 

En 1950 el fin del mundo que habíamos imaginado Rafaelillo y yo no se produjo, y yo sentí un gran alivio. Sin embargo esa fecha fatídica que marcaba la mitad de un siglo pasablemente agitado, inauguró una serie de hechos fundamentales en mi formación, probablemente porque Gori los comentaba mientras atacábamos el arroz de Maricarmen. Hoy, en una época dominada por las redes sociales y la distanciación generacional, esa cohesión familiar ritualmente actualizada a la hora de cenar puede parecer insólita. En aquellos radio days que Woody Allen describió con justeza, los boletines informativos y las emisiones radiofónicas se escuchaban en familia. No sólo el presente me interesaba, sino también el pasado, cuando los baños eran muy rústicos o inexistentes, y la luz emanaba de faroles de kerosén, tiempos lejanos de los primeros teléfonos, de la gripe española ("que no fué española, Gorita, que ese fué el sanbenito que nos pusieron los franceses"), de la guerra de Cuba donde habían vivido la tía Anita de Gori y aquella parienta de Farias, que no se movía de su hamaca y que pedía, “me apetece cocido” a pesar del calor sofocante.

 

Me encantaba imaginar la llegada de las bellísimas Cortesinas a Istambul. El último sultán, un tremendo déspota que reinó hasta la revolución de Ataturk, se había enamorado locamente de Helena. Por suerte el Acorazado (la madre de esas preciosas actrices valencianas), pagando probablemente una propina consecuente, logró conseguir un barquero que las dejó en alguna isla griega.... Pero mi preferida era la anécdota del barbero de Benicalap, quien, al abrir el periódico a la hora del desayuno, vió en primera plana la foto de Lénin: "Collons, este es aquell"! gritó, al reconocer en el retrato del lider del comunismo, el rostro de un ruso muy raro que había conocido en un café de Zurich, ciudad en la cual el barbero estuvo también exilado.

 

Si bien estaba obnubilada por las novelas y por el cine, la política, en el sentido mas amplio, formaba parte de mi existencia, como para todos los del Massilia y los exilados de la guerra civil. Hay que decir que no pasó un solo día de mi vida en Buenos Aires (25 años) sin que mis padres y los nocturnos evocaran la batalla del Ebro, Teruel, Jarama o la Ciudad Universitaria de Madrid, donde los bandos se enfrentaban en las escaleras - eso también me lo contó varias veces y con emoción, John Murra, veterano del batallón Lincoln. Cada evocación daba lugar a una polémica: "que yo estuve, que yo lo vi y tu no...", afirmaciones que encontré con emoción en algunos cronistas de la conquista de América que despreciaban a los que daban cátedra desde España sin haber estado en aquellos frentes…. La guerra no eran sólo los muertos y los bombardeos de los fascistas, sino también las pequeñas anécdotas de la vida: las lentejas rancias, los estofados de gato, sin olvidar aquella mítica merluza tan bien preparada por su madre, que el joven Clemente Cimorra robó de la despensa para darla a unos anarquistas, dejando a su familia sin comida.

 

Lo que mas me perturbó en esa década del 50 fué descubrir que los Aliados, que tanto habíamos admirado, eran ahora los malos, según los juicios dicotómicos de la gente muy joven. Aunque no sólo nosotros:  en aquella época, el mundo entero se dividió en dos bandos irreductibles - sólo Perón reivindicaba entonces la tercera posición. Cuando regresaba del Collège, a la hora de tomar la leche, hacia las cinco de la tarde, encendía la radio para escuchar a César Llanos, en Tarzán, rey de la selva. Tarzán hablaba con acento porteño y guiaba a Clayton, un antropólogo inglés, a través de la selva africana, en busca de hombres-monos. El radioteatro comenzaba justo después de las noticias de las cinco, que fueron al principio una simple tela de fondo mientras merendábamos, pero, a medida que pasaban los días, el noticiero se impuso, por el cariz dramático que tomaba el interminable proceso de los Rosenberg. Los presentadores perdían el tono neutral que se requiere en los informativos: "¿Cómo la van a poner a Ethel en una silla eléctrica? ¡Es una mujer! ¡Qué brutalidad! Pero si hasta el Papa protestó!". Esas voces trémulas me quitaban las ganas de acompañar las aventuras africanas de mi héroe. Estábamos en junio de 1953 y el desenlace era inminente. Cuando cayó la sentencia y los Rosenberg fueron electrocutados, con los horrendos detalles técnicos que los noticiosos argentinos repetían, tomé conciencia de la brutalidad del mundo.

 

En agosto de ese año infausto, Mossadegh nacionalizó el petróleo irani, pero la poderosa CIA logró detabilizarlo. En los noticieros que veíamos todas las semanas en el cine, aparecía dando gritos, vestido con un pyjama a rayas...Un año después le tocó el turno a Jacobo Arbenz, un presidente que había luchado contra la dictadura de la United Fruit en Guatemala, explicaba Gori, y al cual la CIA logró derrocar con ayuda de sus amigos guatemaltecos que lo traicionaron. Fué probablemente en esa época cuándo Miguel Angel Asturias se instaló en Buenos Aires. Recuerdo aquella vez que le escuchamos recitar versos y contar cuentos de los mayas y el pájaro quetzal,  en casa de los Alberti. Esa seguidilla de luchas y de traiciones culminó con la nacionalización del canal de Suez por Nasser: él fué el primero que logró ponerle el cascabel al gato, según una fórmula que gustaba mucho a mi madre. Yo escribí a mano una treintena de proclamas: "C'est Nasser qui a raison contre le pouvoir colonial", que empecé a distribuir en el Collège, pero el celador me las confiscó porque la política estaba prohibida en el recinto...

 

Ese decenio tan movido concluyó con la entrada de los barbudos en La Habana, que tanto nos exaltó! Porque era en el comienzo, una revolución que cantaba y bailaba, y nosotras también: "Aqui pensaban seguir, ganando el ciento por ciento, con casas de apartamento, echando el pueblo a sufrir, y seguir de modo cruel, contra el pueblo conspirando, para seguirlo explotando, y en eso llegó Fidel" (¡y toma cadera!). Exaltada, escribí un poema grandilocuente sobre el Che Guevara (que al fin y al cabo era nuestro). Gori lo leyó y me dijo: "quizás algún día sentirás haberlo escrito". Yo protesté pero él (que había tenido sus desilusiones fuertes), agregó: "A los líderes hay que dejarlos a los historiadores". 

 

Me fui de Buenos Aires una semana antes de la llegada de De Gaulle, en gira de América del Sur. En las calles, había banderolas que decían: De Gaulle y Perón, un solo corazón: eran los tiempos de la Tricontinental y de la tercera posición. "Joder con el General, que se ha hecho peronista", dijo Gori.

 

11. ¿HA LLEGADO EL PRECEPTOR? 

 

Pocas veces en mi vida lloré tanto como en el entierro de Juan Paredes. Alejandro Casona sintió mi congoja y me dió el brazo en aquel cementerio helado. Habíamos todos pasado una noche en blanco, acompañando su cuerpo en una sala, no sé si pública o privada. El velorio, como era la regla entre los españoles y los argentinos, comenzaba con un tentempié de chorizos, salames, queso y vino. Cada uno evocaba algo cariñoso, un recuerdo de España o de Buenos Aires, y a veces el que hablaba se dirigía directamente al féretro: "Ay Paredes, te acuerdas de...". A partir de la una de la mañana, la noche cobraba otro cariz. Entonces alguien, como esos espontáneos que se largan a cantar una copla cuando pasa la Virgen del Rocío en Sevilla, avanzaba una anécdota chistosa, y de chiste en chiste el tono se volvía más alegre, y "aqui tenéis unas copitas de coñac o de grappa para aguantar". La velada se iba animando con esas ocurrencias hasta que las risas, primero discretas, se diluían en un guirigay. "Callar un poco, ¡coño!, que Paredes se va a despertar". Al alba se necesitaron varios termos de café para recuperar nuestras fuerzas y volver a la solemnidad de la ceremonia. El hecho fué que el velorio de Paredes estuvo muy concurrido porque tenía muchos amigos, y eso nos enterneció.

 

En mis recuerdos de niña, Paredes y Farias eran dos nocturnos indisociables, quizás por ser dos solterones que jamás se perdieron la paella dominical de Maricarmen. En  realidad los dos eran bastante distintos de carácter: Javier Farias tenía mucha chispa y nos encantaba por sus argumentos basados en una lógica absurda pero irrebatible. Juan Paredes, en cambio, no tenía ese sentido del humor, aunque a todos nos hacía gracia que dijera: "miradme de perfil, es que soy igualito al Dante". Gori que lo quería mucho, le tomaba el pelo porque en cada frase nuestro Dante republicano soltaba sin ton ni son un "y tal", muletilla que a veces repetía hasta cuarenta veces. Pero cuando se iba para la tertulia del Berna, mi padre le acompañaba al ascensor y discretamente le metía un billete de cien pesos en el bolsillo.

 

Paredes estaba muy ligado con los Alberti, porque entre otras cosas, había participado en Madrid bajo las órdenes de Maria Teresa León, a la evacuación de los tesoros del Museo del Prado para protegerlos de los bombardeos fascistas. Su nombre aparece citado junto a los de Antonio Machado, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Serrano Plaja y dos o tres mas poetas conocidos, en el libro que rescató los versos pronunciados en el Homenaje de Despedida a las Brigadas Internacionales. Ya en Buenos Aires, Paredes vivió muy modestamente aunque, en sus dos hogares (en realidad un tercero, misterioso, que callaré), siempre encontró ayuda y calor humano: uno era nuestra casa, el otro, la de los Albertis, nuestros vecinos.

 

Cuando ya tuve la edad necesaria para entender el mundo, empezó a darme algunos consejos que yo seguí a la letra. "Claro, comentó un día, tu padre te ha dado los "Tres mosqueteros", ha hecho bien pero hay muchos otros de Dumas, dile que te los compre en francés, en la avenida Corrientes que hay ejemplares baratos"... Y Gori compró los libros y los fui leyendo con pasión, uno tras otro, y gracias a ellos me saqué una nota muy buena en el examen de Historia del cuarto año del Collège. Dumas fué solo un comienzo. "Ya es hora que leas algo mas fuerte, comentó Paredes. Busca en la biblioteca de tu padre". Aprovechando que Gori y Maricarmen estaban cenando con los Casona, como todos los viernes, escogí un poco al azar Crimen y Castigo de Dostoievsky, porque había oído discutir a Paredes con Farias: éste consideraba a Tolstoi superior. "No digas tonterías solo por el placer de contradecirme, y tal", se enfadaba Paredes. Aquel viernes tenía por delante un poco de tiempo y por suerte era el fin de semana y no había Collège. La Tona dormía cuando empecé a leer. Al oír el ruido de la llave en la cerradura apagué la linterna y la volvi a encender cuando se metieron en su dormitorio. Crimen y Castigo me llevó hasta casi la madrugada. El sábado terminé el libro y el domingo esperé con ansiedad la llegada de Paredes. Apareció a la hora señalada, con la puntualidad de los que viven solos y que están muy justos de dineros;  hablamos de Dostoievsky en nuestro cuarto para evitar los sarcasmos de Eduardo Borrás, el cuál, cada vez que venía a casa preguntaba: ¿ha llegado el preceptor?".

 

El Preceptor consideró en todo caso que yo tenía que leer todas las novelas de Dostoievski y la primera, después de la tribulaciones de Raskolnikov,  tenía que ser Los Hermanos Karamazov, y sobre todo el diálogo con el Gran Inquisidor.  "¿Es buena?", le preguntaba yo sólo por el placer de oír sus resoplidos admirativos acompañados de un gesto circular de la mano que se repetía varias veces. "Que tu padre compre las que le falten, ya se lo he dicho, están en las librerías de la calle Corrientes. En castellano o en francés". Dotoievsky, que me leí de cabo a rabo, en castellano y sobre todo en francés, fué quizás el escritor que mas me impactó en mi vida, y que ocupó, de domingo a domingo, largas discusiones con Paredes. El me llamó la atención sobre algo que me hizo cavilar mucho tiempo: "Raskolnikov ya lo tenía decidido: iba a matar a esa vieja miserable porque era una usurera infame, y tal, ya lo sabes, pero pasó lo imprevisible cuando se apareció la segunda vieja, y no tuvo mas remedio que matarla también, pero eso él no lo había elaborado. La segunda vieja es la llave de todo".

 

 Cuando, al cabo de mas de cincuenta años decidí releer Crimen y Castigo, temblando ante la posibilidad que después de tantos años y muchas otras lecturas pudiera llevarme una decepción, seguí los pasos de la segunda vieja, y del destino que para otros es azar... Descubrí, claro está, cosas nuevas y me sentí feliz de reencontrarme con mi autor predilecto.

Pero el Preceptor no se contentó con introducirme a la gran literatura del siglo XIX. Un día llegó un poco más temprano con un libro en el bolsillo. "Es que quiero dárselo a la Gorita. No le sorbas la cabeza, no le des coba y tengamos la fiesta en paz", dijo Gori. Era nada menos que el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels (prohibido desde luego por la dictadura). Lo sacó de su bolsillo y me lo entregó solemnemente. "Mira, es que Gori - a quien quiero como un hermano- se está volviendo un poco reaccionario. Léete esto y el domingo próximo me lo comentas".

 

Como con Dostoievski, encendí mi linterna y me puse a leer. La primera frase sobre el espectro me transportó y el corazón me dió un vuelco.

 

12. EL BUDA

 

Aún recuerdo la figura del Buda sentado en un sillón, de espaldas a la ventana de nuestra casa de Lafinur. "Que viene Pablo, tu padrino!", me dijeron, "a ver si te portas bien, le tienes que dar un beso porque sino, se va a ofender. Es un señor muy importante, un poeta muy conocido, y tu tienes que estarte quieta y no molestar": esto siempre decía mi madre, una precaución que me parecía injustificada, porque yo era de hablar poco aunque de observar bastante.

 

Efectivamente, Pablo Neruda había sido mi padrino republicano y gracias a él nos pudimos embarcar en el Massilia con documentos de entrada a Chile, aunque como ya he dicho, el destino, por intermedio de Botana y de un caballo de carrera, nos volvió a sembrar en Buenos Aires, la ciudad mas pujante de América Latina. Los poetas eran para mi viejos conocidos, porque mi hermana y yo teníamos mucho cariño a Rafael Alberti, que vivía en nuestro barrio, y a quien veíamos con frecuencia. Contrariamente a lo que la gente creía, ser poeta podía ser peligroso porque, como tantas veces nos lo contó Maricarmen, García Lorca murió fusilado, él que había creado el teatro popular ambulante de La Barraca, en donde ella y la otra Maria del Carmen, la madre de Rafaelillo, habían sido actrices antes de que estallara la maldita guerra. Mamá también había conocido a Luis Cernuda, en Valencia. Gori, en Paris, además de Manolo Altolaguirre, había conversado con un peruano muy triste, César Vallejo, que había escrito, entre otras cosas importantes, un poema magnífico: "España, aparta de mi ese cáliz"; Vallejo había muerto en Montparnasse, muy pobre, de tanto beber y añorar. Su mujer, contaba Gori, le escondía las botellas y las volvía a sacar si había escrito un nuevo poema. Paredes, el Preceptor, se sabía de memoria casi todo Góngora, y Farias, para provocarlo, entonaba la copla "Pero se murió la flaca", y todos nos reíamos...

 

Neruda había traído a la Argentina los ejemplares de España en el corazón que habían sido editados en Chile, para repartirlos entre los refugiados amigos. Cuando entró en el salón de nuestra casa, todos lo abrazaron con emoción.  Había bastante gente, Rafael Alberti y Maria Teresa León desde luego, Paredes por supuesto, y Cimorra, quizás Manolo Angeles Ortiz y su yerno Davidov, de las Brigadas Internacionales, no lo sé. Todos fumaban y hablaban al mismo tiempo, porque Pablo había sido el último eslabón de una cadena que se desprendió de Francia en aquel año de 1939. Aquella era una reunión privada y no queda de ella mas que la tradición oral, preservada, con sus baches, por una niña de unos 7 u 8 años, que ahora ya ha pasado los 80..

Neruda hablaba con un acento un poco distinto ("es que los chilenos de pronto suspiran") y un tono de voz extraño que me caía bien. Me pareció un hombre bastante grueso y parecido a un Buda que había visto en un libro o en alguna revista de Arte - porque Gori siempre me enseñaba algún cuadro, alguna escultura: "mira qué cosa mas bonita", me decía, "porque eso no se aprende en los colegios"... O más prosaicamente, en la tapa de la caja de los espirales Buda contra los feroces mosquitos del Rio de la Plata.

 

Por fin se logró hacer silencio y mi padrino anunció que iba a recitar algunos versos de España en el corazón.Y entonces, rompió el silencio una voz que, en mi recuerdo lejano era  más bien una litanía que fluía con la lentitud envolviente de una creciente:

 

"Mirad mi casa muerta, mirad España rota:

pero de cada casa muerta sale metal ardiendo

en vez de flores...

 

Y aquel poema, aún más terrible porque la derrota lo volvía completamente irreal, proseguía con la regularidad del oleaje;  de vez en cuando una inflexión quebraba la monotonía de ese tono, cuyo ritmo era el del encanto que profieren los magos de los cuentos, y que ahora, después de tanto tiempo, identifico como la retahila de un chaman hablando con los astros. Cuando el Buda, sin levantar el tono, puso el punto final, todos se pusieron a aplaudir. Yo me acerqué despacito hasta su sillón y le dije, bajito, porque me daba un poco de vergüenza: "Yo también soy poeta, Pablo".

 

El Buda me abrazó y tomó un ejemplar de sus poemas. Pidió una pluma y en la primera página de España en el corazón escribió:

"Para Carmen Paule Muñoz García, recuerdo de su viejo tío y padrino, Pablo Neruda", y dibujó un arbusto, salido de una roca, dos peces nadando y varias aves revoloteando en el cielo. Ese libro me lo traje a Paris, como me traje también los que me dedicaron León Felipe, Rafael Alberti y Alejandro Casona.

 

Ya adolescente, leí muchos poemas de él que me entusiasmaron y también el Canto General, que fué grabado en un disco y pude oír nuevamente esa voz sin timbre y  siempre fascinante. La oda a Machu Picchu desempeñó un papel muy importante en mi vida porque volví a nacer en el Perú. En enero de 1960, fui por primera vez a ese país, con la Tonica y tres compañeras del Museo Etnográfico. Ya en el Cuzco, acompañadas por dos amigos peruanos, fuimos a Machu Picchu por senderos perdidos, sin turistas, subiendo por las gradas incaicas que la lluvia fina del verano-invierno andino había vuelto resbalosas. Como uno de los peruanos era un conocido arqueólogo cusqueño, los guardianes nos dejaron dormir en las ruinas. Y alli, en la ciudad silenciosa, resonó aquel verso del Buda, "piedra sobre piedra y en la base harapo", pronunciado pausadamente por Jorge Rendón Vázquez, abogado de pobres, un amigo entrañable hasta hoy. 

 

Pablo Neruda, que fué tan decisivo en mi destino, volvió nuevamente a apoyarme en otro momento terrible. El Buda había muerto hacía años, asesinado por los esbirros de Pinochet.  En 1994, se rodó una película llamada Il postino, sobre un episodio de  su vida, exiliado en una isla del sur de Italia. Me volví a acordar de ese film en julio de 2007. Maricarmen había tenido un derrame cerebral y no podía vivir sola, sino en un lugar con atención médica. Después de haber estado en Buenos Aires con ella, mi hermana y  yo regresamos a nuestros hogares respectivos. Yo pensaba retornar en septiembre, y asi se lo dije antes de partir a Francia. Como no podía ni estar alli ni llamarla por teléfono,  se me ocurrió escribirle cada día una carta, mandarla por Internet a nuestra amiga Elena Boledi, que sería mi postino y se las leería de mi parte. Elena lo hizo, con la ternura que la caracteriza, y me dijo que a Maricarmen le gustaron.

 

13. EL JARDÍN UMBROSO 

 

Cuando, a veces, me enfadaba con Gori porque pensaba que había sido injusto o porque su mal humor me fastidiaba, le decía, en tono enfático: “ahora mismo nos vamos a casa de Aitana”. Como éramos vecinos, esa declaración independentista suscitaba poca hostilidad, ya que en nuestra infancia solíamos vernos mucho con la hija de Rafael Alberti y de María Teresa León, la Tata, para nosotras casi una hermana, cuya edad se situaba exactamente entre la mía y la de la Tonica. Era una niña preciosa, de ojos claros y pelo rubio, como su madre, muy imaginativa y muy lista, y juntas inventábamos juegos magníficos de princesas encerradas en calabozos, de dragones y de sultanes.

 

La casa era estrecha de fachada pero se adentraba mucho en la cuadrícula y se terminaba en un jardín sombrío, contiguo a otros dos, separados por tapias de las cuales emergían las copas de los árboles, que tanto encantaban a Rafael. Sólo los cuartos de Rafael y de la Tatita tenían ventanas que daban a ese pequeño paraíso poblado de jilgueros, y en nuestros juegos nos encantaba saltar desde la ventana al empedrado para escondernos entre los árboles, o imaginar que estábamos perdidas en el bosque. Generalmente yo tenía que hacer de malo, pegar un vozarrón, pintarme una barba con un corcho quemado; Aitanita era la bella durmiente, o una sirena, porque le gustaba mucho el mar, y mi hermana quería ser “la más bonita y la que sabía todas las cosas”. A veces se nos unía Annette Ugalde o algún otro niño. Cuando llovía, nos gustaba mucho dibujar en el atelier de Rafael. Alli Aitana me dijo una vez que su padre tenía un libro completo de las Mil y una Noches, con cosas muy verdes que no eran para niños, con lo cual me apunté para leerlo, y lo comentábamos susurrando, para que nadie nos oyera.

 

Claro está que todos los juegos no eran ni tan románticos ni tan intelectuales,  y creo que tengo una gran responsabilidad en las travesuras que hicimos, por ser la mayor de las tres. Tonica tuvo que sufrir la ingestión del Bálsamo Ferrero, un brebaje que habíamos inventado mezclando agua y colonias de Maria Teresa, y que queríamos vender en el Jardín Botánico, que quedaba justo enfrente-  le dejo a ella la narración de esos hechos, con una disculpa retrospectiva y sincera. El Botánico era para Aitana un territorio de recuperación de gatos perdidos, acción que a nosotros nos la habían prohibido nuestros padres. Los gatos salvados por la Tata  se instalaban en el jardín umbroso y engordaban de día en día con los restos de la comida casera. Por supuesto que en aquella casa también había perros, hoscos o mansos, que a veces ladraban de manera  impertinente cuando llegaba algún emisario de Aquello, palabra que designaba, según nuestra querida Carmen Caballero, la Unión Soviética.

Uno de esos días, justamente, como nos aburríamos un poco porque Rafael nos había prohibido sacar los disfraces de príncipes y de princesas que estaban guardados en el armarito  de la entrada “porque está con nosotros un señor que tiene malas pulgas” (se trataba nada menos que de Ilia Ehrenburg), se nos ocurrió colgar un letrero en la puerta de entrada de la calle, muy bien escrito (yo tenía buena caligrafía) precisando que se vendía la casa (el precio que puse era bastante bajo) y que los interesados podían sonar al timbre o llamar por teléfono.  A las tres la broma nos pareció divertidísima e hicimos apuestas para saber si habría o no candidatos.

 

Los hubo. Y con los llamados telefónicos, los ladridos hostiles de los perros se multiplicaron, justo ese día en que estaba el melenudo Ilia Ehrenburg en el salón. Maria Teresa se enfadó, nos relegó al fondo del corredor. Yo no sabía quien era ese ruso tan poco ameno, pero supuse (con razón) que algo tenía que ver con la guerra civil. Gori hizo algunos comentarios personales - el hombre le caía un poco gordo- pero agregó: “Hizo muy buenos reportajes sobre las Brigadas”. Como éstas eran para mi el summum del heroísmo, le perdoné el mal carácter.

 

Por la casa aquella de la avenida Las Heras desfilaron familiares de Maria Teresa, su hijo Gonzalo, doña Oliva, llamada por Rafael doña Aceituna, un chiquillo de la calle adoptado varios años, Josesito, y también un andaluz muy divertido, Paco Vaca, que tocaba la guitarra. Mi querido preceptor, Juan Paredes, solía visitarlos, y también Javier Farias, y Pablo Neruda, y desde luego emisarios  misteriosos de Aquello, algunos afables y hasta guapos, otros severos y callados, hasta que llegó el momento temido: los Alberti tuvieron que abandonar esa casa para vivir en un departamento en forma de proa de barco, con los perros y gatos. Aitana, como yo, se inscribió en la carrera de Antropología. Pero la situación de los Alberti se había vuelto difícil en la Argentina y los tres se fueron a vivir a Roma, donde permanecieron varios años. Entre tanto, el Gran Timonel los invitó a China, y Aitanita quedó seducida por la personalidad de Chou-en-Laï. Nuestra queridísima Tatita bailó en Provence con Gagarine y como éste era un hombre célebre, la foto de los dos salió en la primera página de Paris-Match o de Life, no lo sé ya, lo cuál causó la ruptura con su novio argentino. Mi hijo Alex pudo verla en La Habana, donde vive aún, y yo, en una conferenciaque dió  en Madrid.

 

La casa de los Alberti fue derruida. En el solar agrandado por el de la casa de al lado, se edificó un inmueble de varios pisos. En la planta baja, alli donde Ilya Ehrenburg había  soportado estoicamente nuestro ruido, se abrió una fiambrería. Mirando bien, a través de la vidriera, puedes atisbar todavía un rinconcito del jardin umbroso, lleno de trastos, tachos y botellas.

 

14. LA CURTIEMBRE 

 

Imposible olvidar aquel olor. Antes de llegar a la curtiembre, los efluvios infernales, dulzones y picantes del cuero trabajado por los ácidos, te mareaban, pero ello no impedía la alegría que me daba la visita de la curtiembre, cuyo gerente era Agustin Nogués, el amigo mas antiguo que Gori tenía en el exilio. Maestro Nacional, hijo de un conocido agrónomo español, estaba en tercer grado de arquitectura cuando le pilló la guerra civil. Entonces se presentó como aviador voluntario de la aviación republicana. Posteriormente, ese hombre de una rectitud a toda prueba será depurado del magisterio por el franquismo. Afortunadamente, antes que finalizara la guerra, logró pasar a Francia con su familia, compuesta de su padre, su hermana Dolorines, su mujer Maruja Notario y su hijo, que para mi siempre será el Tito. Los Nogués llegaron a Buenos Aires en mayo de 1940, en el  Florida, que logró zarpar a tiempo de Marsella para la Argentina. Alli se encontraron con mis padres y con muchos otros. Afortunadamente Agustin encontró un trabajo quizás poco gratificante pero necesario y se fueron a vivir a la curtiembre, con el Tito y Carmencita, una niña nacida ya en la Argentina. El Tito, un año mayor que Rafaelillo, y dos mas que yo, no era  francés como nosotros sino español de pura cepa, lo cual lo singularizaba, y siguió siéndolo hasta hoy a pesar de ser un perfecto porteño.

 

La visita de los Nogués era una aventura que implicaba salir de la Capital Federal, ya de por si muy extensa, y cruzar la frontera del Riachuelo, el río mas poluído de la Argentina, por el auge fabril de Avellaneda. Era difícil pensar que en aquel riacho maloliente y oscuro, el fundador de Buenos Aires había desembarcado en 1536 y apreciado los buenos aires del lugar… Avellaneda estaba ya en la provincia, un término reservado a las inmediaciones de Buenos Aires, ya que el resto del país era el interior, lejano y misterioso… Ese suburbio fabril era muy activo y cuando había huelgas, los puentes se cerraban y quedaba aislado del Centro. Progresivamente se convirtió en un bastión peronista. Para llegar a ese despoblado, Agustin nos venía a buscar en el Tomasín, nombre  de un viejo ford cuya capacidad era extensible al número de personas que se deseaba llevar, uno de esos automóviles que aparecen en las películas mudas de Carlitos Chaplin. Con ese automóvil indestructible fuimos mas tarde a Ezeiza para recibir, con gritos de alegría, a Pepe y Sarita que llegaban de Brasil para las fiestas de fin de año.

 

Ya en la curtiembre, mientras nuestros padres, con los Anthonisen y los Prados, y probablemente otros mayores que se me han diluído en la memoria, hablaban del tema de siempre : España y la guerra, nosotros, los niños más mayores y los mas traviesos : el Tito, Rafaelillo, Carmencita y yo, nos íbamos a jugar a la curtiembre, corriendo frenéticamente entre las piletas de ácido, saltando de un borde al otro y, por supuesto gritando, hasta que alguien acudía a regañarnos porque podíamos caer en aquellos baños, y Maria del Carmen Prados nos amenazaba con unos zapatillazos disuasivos. Eran otras épocas. Los niños éramos mas libres porque los mayores tenían sus preocupaciones y sus tertulias, y solo cuando los gritos impedían las conversaciones, alguien venía e imponía su autoridad como fuera…

 

Por fin Agustin logró salir de aquel barrio tan apartado cuando entró, como muchos republicanos, en la Editorial Losada, una de las mas importantes de Buenos Aires, como traductor y revisor de pruebas. Entonces la familia se instaló en la capital y nos vimos con mayor frecuencia. Cuando Gori se enfermó de Parkinson, Agustin fue a verlo regularmente, le leía y le acompañaba con su cariño indefectible. Maruja trabajó en el Enfant Gâté con Maricarmen, y los lazos se estrecharon hasta hoy, entre los sobrevivientes de aquella familia, y mi hermana y yo. Agustin Nogués murió ya muy mayor en Buenos Aires. Maruja vivió aún muchos años, acogedora, alegre, impecable con sus zapatos de tacón hasta el fin.

 

Los Nogués y otros exilados como Alejandro y Rosalía Casona habían pertenecido a un movimiento social muy importante, las Misiones Pedagógicas, creadas por la República española en 1931 para luchar contra el analfabetismo español. Si La Barraca de García Lorca – a la cual pertenecieron las dos Maria del Carmen, mi madre y la madre de Rafaelillo – goza de una reputación merecida, las Misiones Pedagógicas, un poco olvidadas,  tenían por meta la educación de los niños del pueblo. Alejandro Casona dirigió una compañía de aficionados del Valle de Arán (Asturias) y fué nombrado inspector de Enseñanza Primaria por la República. La Argentina, mucho mas avanzada que España en la educación, había instaurado desde 1872 la escuela gratuita y obligatoria, logrando progresivamente terminar con el analfabetismo. Elvira, la mujer del coronel Paco Galán, que era argentina y maestra, lo recordaba cuando venía a cuento.

 

José Luis Anthonisen, un vasco jovial muy querido, era médico, graduado en Madrid. En 1937 entró como tal en el III Cuerpo de Ejército del Este. Con la derrota, José Luis pasó a Francia y en 1940, desde el puerto de Sète, salió para Buenos Aires. Alli se casó con Dolorines, la hermana de Agustin, y tuvieron dos hijos, Elenita y Juan Manuel. Anthonisen era médico pero no pudo revalidar su diploma en Buenos Aires. A comienzos de los años 1950, consiguió un puesto en un laboratorio médico de Montevideo, donde su situación económica se mejoró hasta que en 1957, a los 45 años, enfermó de leucemia y murió a los pocos meses. José Luis llegó un domingo a casa, para informar a Gori que se iba a morir y que no dejáramos sola a Dolorines. Asi fué y mas tarde, Maricarmen siguió viendo a la Dolo hasta que la muerte de su hijo Juan Manuel la destrozó y murió poco tiempo después. Poco antes, me escribió la receta de la fabada, que ella hacía muy bien, y me la entregó, con la solemnidad que acompaña toda transmisión.

 

15. EL MILAGRO DEL CINE 

 

La primera película que vi en mi vida fue la de un ratoncito que se metía en una cocinita y no podía salir. Esa imagen quedó grabada en mi mente, una mezcla de susto y de asombro cuyos efectos anímicos recién entendí en 1973, cuando me los explicó un curandero indígena del Ecuador, don Agustin Shucushañay, que en paz descanse como se dice en aquellas sierras. 

Mi bautizo cinematográfico tuvo lugar probablement un domingo, porque, además de la tragedia del ratoncito, recuerdo haber estado sentada sobre los hombros de Gori, que me sostenía por las piernas. Un poco mas tarde, poco antes o después del nacimiento de la Tonica, el cine Real de la calle Esmeralda fué para mi una revelación. Maricarmen daba cita a su gran amiga María del Carmen (Prados), que llegaba puntualísima con Rafaelillo, el hermano que nunca tuve. En ese recinto del Real, después del Noticiero que no se perdían nuestras madres, venía lo bueno porque pasaban un programa muy divertido con los Tres Chiflados, Carlitos Chaplin, El Gordo y el Flaco (Laurel y Hardy), e incluso Buster Keaton. Rafaelillo y yo estallábamos a carcajadas. "Estamos llamando mucho la atención", decían las Mariacármenes, y nosotros llorábamos de risa, "esto está buenísimo", comentaba Rafaelillo, y no nos queríamos ir del cine, que era un continuado, moviéndonos en nuestras butacas hasta que nuestras madres, hartas ya, nos prometían que volveríamos con Sarita, que tenía mucha paciencia con los niños. Más tarde se nos unieron las pequeñas, Tonica y Ana María, la hermana de Rafaelillo. La Tona odiaba a los payasos y las tartas de crema en la cara le parecían una humillación insoportable. Lo que ella prefería era la serie del Perro Puto. "Eso no se dice, nena, corregía Sarita, queda feo". Pero a Gori le hacía mucha gracia, sobre todo porque Walt Disney le caía gordo.

 

El Real era el palacio del cine, el summum, pero también me gustaban las películas que proyectaba en casa Pepe Cañizares para celebrar nuestros cumpleaños -Pepe también trabajada en el Cine argentino, en el montaje de las cintas. Esas que se traían a casa con su necesario proyector,  eran en su mayoría las de Charlot o Carlitos, y cuando pasaba El Inmigrante, los del Massilia se ponían en primera fila recordando la travesía azarosa de aquel barco. "A mi también los platos se me escapaban como a Charlot", decía Farias.

 

Las estrellas de cine también me impresionaban, como la bella actriz argentina Zully Moreno a quien vimos una tarde de verano en la Costanera Sur en un Ford decapotable con Israel Chas de Cruz, un productor, guionista y director de cine muy talentuoso que quería mucho a Gori. Chas venía a casa de vez en cuando, era siempre muy ameno y no se sacaba el puro de la boca, "Ni que fuera el general Patton", decía Mamá porque se llenaba la sala de tabacazo. Cuando fui mas mayor, ese amigo me consiguió varios autógrafos de estrellas de Hollywood, que guardo religiosamente en un album. Al final de la escuela primaria yo ya me leía El Heraldo del Cinematografista que dirigía el propio Chas asi como los semanarios Antena y Radiolandia que presentaban las películas, las de Papá y las otras, y publicaban chismes de actores.

 

A los doce años, Mamá pensó que podía tragarme Lo que el viento se llevó sin necesidad de ir al baño. Esa película me cortó la respiración de emoción. Ir al cine requería respetar algunos ritos. El principal, sin el cual nuestros padres no se desplazaban al centro, era comprar las butacas de antemano, las de la fila 10 y no la 11 ni la 9, y tenían que estar en punta de banca, "si no don Gori se pone cabrero", decía el de la taquilla. Si la película comenzaba a las 5 estábamos ya delante del cine media hora antes, lloviera o tronara, porque Gori no soportaba que se llegara tarde. Ibamos generalmente de taxi porque los tranvías podían tener una avería (sucedía), y entonces ya nos perdíamos el noticiero, que era fundamental en una época en que no había televisión. Mi pasión por el cine incitó a Chas a pedir a Gori que quizás yo, "que era tan linda", podía empezar como "estrellita joven". "Nunca", exclamó mi padre. "En realidad lo que a mi me gustaría, me atreví a intervenir tímidamente, es aprender para ser directora de cine". "Jamás".

 

Asi terminó antes de comenzada, mi carrera cinematográfica virtual. Después mi padre me explicó que no quería que yo entrase en ese ambiente. "Pero si está Chas". "Chas también tiene sus cosas"... El sabía lo que decía.

En todo caso seguí yendo al cine, pero como simple espectadora. Y seguí riéndome a carcajadas con los cortes de manga de los lavoratori de Fellini  y el “modestamente" de Vittorio Gassmann en IL Sorpasso.  “Es que, a la hora de la risa y de la joda, como dijo mi amigo Carlitos Besfamille, los italianos son los mejores.

 

Pero no todo tiene que ser diversión. Para el aniversario de la toma del Palacio de Invierno, todos los años, desde la caída de Perón, el cine Lorraine pasaba los clásicos de Eisenstein: El acorazado Potemkin y Alejandro Nevski, y yo acudí fielmente a esa cita hasta 1964, año en que me fui de Buenos Aires. Desde una hora antes de la función se formaba una cola disciplinada de mas de una cuadra que reunía jóvenes idealistas y viejos nostálgicos, porque en aquellos tiempos había temas que unían a las generaciones. Esas películas "con fundamento, porque lo otro no tiene gollete", las vimos ritualmente cuando llegaba el mes de octubre, respetando el orden de llegada sin avivarse, como quien acude a una ceremonia religiosa. En lo que a mi me toca, eso se lo debo a Juan Paredes, y también a Maria Teresa.

 

A fines del 1963, Tonica y yo, aburridas de estudiar, decidimos ir al cine Gran Norte, cerca de casa, a ver no sé qué película que prometía ser buena. Llegamos un poco antes, porque nos gustaba ver los anuncios de la programación. Estábamos ambas apoltronadas en la butaca, en una sala casi vacía, cuando de pronto retumbó “El ejército del Ebro buena paliza les dio…” Tonica y yo, paralizadas, nos estrechamos las manos: era el anuncio de la película de Frédéric Rossif, Mourir à Madrid… Esa misma tarde, exaltadas, contamos a nuestros padres lo que habíamos visto, y la emoción fue fuerte. Por supuesto, fuimos al estreno.

La guerra civil, como el acorazado Potemkin y la guerra de Secesión americana, entraba en la historia y en el pasado…

 

16. EL GAFE 

 

La suerte era una categoría especial y obvia que los republicanos trajeron de su tierra y que encontró en Buenos Aires un terreno fértil, cultivado principalmente por los gallegos y por los italianos. Claro que éstos eran supersticiosos, y no nosotros. Pero como dice el proverbio, sólo se ve el clavo en el ojo ajeno.

 

¿Cómo se podía ignorar que la suerte existe? Las mujeres, mas que los hombres, hablaban sin complejo de aquello que transformaba el curso de las cosas, anunciado por algunos signos imposibles de saltárselos a la torera, como los gatos negros y las escalas puestas en las obras de construcción o simplemente instaladas para limpiar vidrieras y ventanas, bajo las cuáles NO se podía pasar. Había cosas que provocaban el azar, como la mirada intensa y fascinante posada sobre alguien -la víctima- o el poder de la envidia (y no los celos, que no es lo mismo). Y también había personas que con su sola presencia traían mala suerte.

Tal fué el caso del Gafe, cuyo nombre de pila (que solo supe mucho más tarde) no revelaré, no sea que nos traiga mala sombra. El Gafe no podía faltar en los comentarios de los nocturnos, pero mis padres, antes de que alguien, un poco torpe o inexperto, hiciera estallar el apellido del que todos conocían bajo el seudónimo El innombrable, lo frenaban con un "Calla" o con un "NO" rotundo. Gracias a esa  precaución oratoria, la sombra negra sin nombre se desvanecía para dar lugar a una nueva anécdota que confirmaba los poderes del Gafe, víctima expiatoria de inexplicables fuerzas. Porque el Innombrable, sin haberlo necesariamente querido (?), había causado el postergamiento de alguna comedia de Casona, accidentes diversos de los cuáles ni los Alberti se habían salvado, incluso algun incendio o alguna pierna rota como la de aquel actor que se resbaló despues de haberle dado la mano, las pruebas se acumulaban. "Es que es una verdad impepinable". Como nunca me lo presentaron, jamás lo vi. Esas historias empezaron a parecerme supersticiones arcaicas que desaparecerían con la marcha inexorable de las fuerzas productivas. Pero permanecieron en algún rincón de mi mente, según la lógica del anarquista Durruti, que había declarado "soy ateo, gracias a Dios".

 

Años más tarde, Clara Gallini, amiga y profesora de antropología, me invitó a dar un cursillo en Roma y me alojó en su casa. Me encantaba conversar con ella, porque era mayor que yo, había participado en una encuesta célebre sobre el llanto ritual en Calabria y Sicilia,  y además había vivido en el mundo de los partigiani  - "porque no creáis que todos los italianos fueron cabrones", decía siempre Gori, "los hubo estupendos y muy valientes". Clara dunque, que había pasado gran parte de su vida estudiando a los gettatori del Mezzogiorno- los que traían yeta para los porteños -  movilizando el materialismo dialéctico, el inconsciente freudiano, y los mecanismos de las creencias populares, se puso muy contenta con mis historias del Innombrable. "Questo Gafe è propiamente strano ", y venga con el Gafe, un término que la fascinó, que no venía del latin, como decía, sino del flamenco, porque Clara tenía una colección fantástica de diccionarios y en uno de ellos vimos que esa palabra hacía alusión a las  garras de un rapaz, sconvolgente davvéro.  Las dos tomamos carrerilla con il mondo magico del Gafe, y llegó la hora del vinito y siempre se volvía al questo Gafe, hasta que le dije: ¡no lo nombres mas, que nos va a traer mala suerte!". A ella, que tenía en su casa una familia de gatos negros, le pareció prudente cortar esas evocaciones.

 

En Francia, como se supone (se suponía entonces) que la gente es racional y responsable de sus actos, dejé de pensar en el Innombrable. Tampoco Maricarmen, fiel a la mala reputación del individuo, lo volvió a mencionar ni en sus cartas ni en sus viajes. Hasta que un día, ya en el siglo XXI, en que me encontraba en Buenos Aires, me pidió que la acompañara a un acto organizado por la Embajada de España, un homenaje a los intelectuales republicanos. "Que van a hablar de tu padre", agregó. Fui por supuesto. El público era mayoritariamente argentino, y Maricarmen y algunos pocos alli presentes, eran los últimos mohicanos que quedaban de aquel pasado. La cónsul de España (o la responsable de la Cultura hispánica, ya no me acuerdo su grado, en todo caso alto) empezó su discurso y fué recordando la memoria y la actuación de una serie de personas. De repente, y Mamá, que se lo temía, se estaba poniendo tensa, el nombre completo del Gafe resonó en el recinto. "Noo!!", Maricarmen y Laura Luzuriaga pegaron un grito que dejó atónita a la diplomática. Pero eso no fué todo. Al estruendo siguió un corte total de luz eléctrica, que obligó a suspender la función, y tuvimos que salir de alli guiadas por las linternas de dos bedeles.

 

Maricarmen estaba furiosa. "Es que yo ya te lo he dicho mil veces, Gorita, no se puede nombrar al Gafe! Qué metida de pata de la Embajada, porque eso todo el mundo lo sabía. Pero a estos países nunca se los toman en serio".

 

17. DE GESTOFIA A MOLIÈRE 

 

Cuando pasé al segundo grado de la primaria, la 10° del Collège Français, descubrí a una maestra mas severa y a una niña nueva, que se sentó en primera fila porque era muy bajita. Se llamaba Michelle Gattegno y estaba reñida con el peine. Desgreñada, desprolija, con los calcetines caídos, Michelle acababa de llegar de Francia y sabía muy pocas palabras de castellano. Pero si su aspecto era un poco raro, Michelle intervenía con pertinencia en la clase porque era muy lista. Un día, no sé exactamente como fue la cosa, la maestra nos hizo un dictado sobre la guerra (supongo que era la del 14, ampliamente ilustrada en el libro de lectura) y de pronto Michelle se puso a llorar desconsoladamente. La maestra detuvo el dictado, muchos niños se rieron cuando Michelle, entre sollozos,  dijo que ella sabía lo que era la guerra. No sé porqué, yo me puse de pie y dije “yo también”. Michelle me miró, la clase fue retomada y en el recreo, se me acercó y me dio un beso. Y desde ese día fuimos amigas entrañables. Como yo era muy alta para mi edad, era la última de la fila mientras que Michelle, tan bajita, era la primera. Los chicos, al vernos juntas, decían “un enano y un gigante se encontraron una vez”, pero no se atrevieron a molestar a Michelle porque yo ya había administrado dos sopapos a los que lo intentaban.

 

El padre de Michelle era de origen sefardita. “De Gata, en Almería”, precisó Gori. En Marsella, había organizado una red para evacuar a los judíos de la ciudad, dándoles papeles falsos y un poco de dinero. De Gaulle lo recompensó nombrándolo agregado cultural en Buenos Aires, porque Félix Gattegno era una persona cultísima, sabía español y era de buen trato. La Mamá de Michelle era belga y judía absolutamente laica. Michelle era la mayor, seguida de Danièle (que siguió la carrera de física y vivió en Italia) y de Catherine, compañera de clase de Tonica y mucho mas tarde, figura importante en la astrofísica europea. De las tres hermanas, la única extraña y en cierto modo asocial, era Michelle. Cuando concluyó su afectación diplomática, Felix Gattegno no quiso regresar a Europa y abrió en la calle Viamonte, a una cuadra de la Universidad de Buenos Aires, la mejor librería francesa de la ciudad, Galatea. Gori expuso en el primer piso sus cuadros de Paris, que tuvieron gran éxito de público, los que pueden verse en este portal, pero se negó a venderlos, cosa incomprensible para Félix y para su adjunto, M. Goldschmit. Allí, en Galatea, vi y compré Tristes Tropiques de Lévi-Strauss, una lectura decisiva en mi vida…

 

Paralelamente a mis amigos españoles, Rafaelillo, el Tito, Carmencita Nogués, Ana María, y también Pipipa Ballester, con los cuales los juegos consistían sobre todo en escondites, carreras, cabriolas  y otras actividades que no llegaban a agotar nuestra energía, con Michelle (como con Aitana) sólo contaban la literatura y la imaginación. No sé cuál fué el origen de Gestofia, “país nuevo y tierra de promisión”, que inventamos un día. Gestofia tenía un gobierno dual constituído por esta servidora (Generálisis) y por Michelle (Muliñandupeli), los nombres eran mucho mas largos y nos encantaban. Ese país imaginario tenía su idioma, y redactamos un léxico. También tenía su historia, hecha de anexiones y de repartos de tierras, que nos parecían justos. Con el tiempo -porque Gestofia duró varios años -creamos un periódico mensual y Gori, que se divertía mucho con esa invención,  nos ayudó a componer la portada. Los textos estaban ilustrados y de los dibujos me encargaba yo porque Michelle seguía siendo bastante desprolija. Nuestras hermanas pequeñas integraron el consejo de gobierno. Algunas personas dignas de confianza, como Pipipa, que también iba al Collège pero era mayor que nosotras, recibían un ejemplar.

 

Probablemente Gestofia se habría convertido en una extraña sociedad secreta, si no hubiera sido por la importancia que cobró en nuestras vidas la literatura francesa. Cuando me quedaba a dormir en el departamento de los Gattegno, Michelle y yo leíamos poemas, comedias y tragedias. Nuestro amor por esos textos nos llevó a leer un mamotreto medieval que Félix Gattegno conservaba en su inmensa biblioteca: Le roman de la rose, con el cual Michelle y yo nos lucimos en la clase de 5°. En medio de ese frenesi literario (acompañado en mi caso por las lecturas que Gori y Paredes me aconsejaban), se nos ocurrió representar en la casa de los Gattegno Le Cid de Corneille, que estaba en el programa de la 5° (“que por cierto Corneille robó al español Guillén de Castro”, decía Gori). Como Michelle y yo éramos de ideología igualitaria, decidimos repartirnos el mejor papel, el de don Rodrigo. Asi fue como el Cid cambiaba de voz y sobre todo de talla en cada escena, provocando la hilaridad de nuestros padres y de algunos espectadores hispánicos.

 

Al año siguiente reiteramos ese éxito -porque el público reconoció el esfuerzo que hicimos de memorizar tantos alejandrinos y de improvisar los trajes, un esfuerzo que incluyó también a las mas pequeñas, que se repartieron los papeles secundarios con alguna otra chica del Collège, y los ejecutaron perfectamente. Esta vez fue L’Avare de Molière, representado por mi porque no me importaba aparecer fea. Gori se entusiasmó, nos hizo los programas enseñándonos a la técnica del pochoir; mis padres y los Gattegno nos dieron un dinero con el cual alquilamos unas pelucas a la utilería de algún teatro, no recuerdo bien. Lanzamos invitaciones por correo y el living de Lafinur se llenó. Mme Lagoubie estaba, desde luego,con Farias e inclusive Rafael Alberti vino a la función y se rió a carcajadas.

 

Ese fue nuestro canto del cisne teatral. Después todo se volvió mas complicado. Las clases duraban mas, teníamos muchos deberes y ya no podíamos aprender tantos versos de memoria. Aparecieron nuevos amigos y yo prefería ir a alguna fiesta con música… Despues de pasar el bachillerato francés en un anexo de la Embajada de Francia en Buenos Aires, Michelle se fue a Paris y nos despedimos en la Dársena Norte. Nos volvimos a ver dos años mas tarde, en 1958: Michelle, estoicamente, pasaba varias noches en un local del Partido comunista, para protegerlo de algún eventual ataque de las hordas fascistas, enemigas de la independencia de Argelia. Afortunadamente no hicieron irrupción en aquel cuchitril de un séptimo piso sin ascensor. Su pobreza conmovió a Maricarmen, que la invitó a comer y le compró dos collants de lana.

 

El destino quiso que Michelle se casara con una magnífica persona, Jean-Claude Guillon, con el cual tuvieron dos hijos. Nos seguimos viendo durante años hasta que una nube empezó a empañar su memoria, después de la muerte de Jean-Claude. Esto ocurrió mientras yo luchaba contra un SARS, y cuando me repuse, al cabo de un año, Michelle había sido internada en una clínica, no sé donde, no sé cuando…

 

18. HAPPY END 

 

Contrariamente a Tonica, yo no compartí la muerte de Franco con mis padres, porque ya vivía en Francia desde finales del 1964, pero la suerte quiso que me encontrara en España cuando el Caudillo empezó a ponerse mal. Había obtenido una pequeña beca  para trabajar en el Archivo de Indias de Sevilla y llegué a Madrid en pleno suspenso.  Allí me esperaban mis entrañables Prados, mi familia de Buenos Aires, con Ana María y Rafael, el Rafaelillo de mi infancia. Todos me preguntaron qué se comentaba en Paris sobre el estado de salud de Franco. Esto puede parecer rarísimo para la gente de hoy, tan informada, pero en 1975, además de la censura española que era muy fuerte, sólo las cartas y el teléfono (caro y malo para comunicarse con el extranjero) podían de alguna manera aportar alguna noticia nueva. Les conté lo que había oído en Paris y me fui para Sevilla, donde me aguardaba el mejor amigo de Rafael, Juan Gil, que me invitó a cenar a su casa todas las noches- su mujer era y sigue siendo Consuelo Varela. Asi no estaría sola en la ruidosa pensión de la Señora, una matrona andaluza, y podríamos escuchar los noticieros españoles y comentarlos.

 

Juan y Consuelo eran universitarios madrileños que se instalaron en Andalucía hasta hoy, y lo que se decía en aquella casa, las bromas, el tono general de la conversación, me recordaban a mis queridos nocturnos. Como el tema general giraba en torno del fascismo ibérico, les conté que había ido a ver una corrida, sola, porque mis compañeros franceses del Archivo no entendían esa fiesta. Había encontrado una entrada de Sol que no me arredró, a pesar de la temperatura sevillana, porque siempre soporté el calor. Lo que si me conmocionó fué que antes de iniciarse el espectáculo, el torero (cuyo nombre nunca retuve) dedicó la corrida "A nuestro queridísimo Caudillo". El público se puso de pie y lo ovacionó frenéticamente. Yo me quedé sentada y anonadada, pero mi mirada se cruzó con otras, minoritarias pero obstinadas en permanecer sentadas: eso me reconfortó.

Una tarde, Juan propuso que llamáramos a André a ver qué noticias nos daba sobre la hospitalización de Franco. André estaba justamente sentado frente a la televisión, muy excitado, y nos dijo que Malraux había comenzado a hablar. "Coño! gritó Juan, esto es una buenísima señal! ¡Sacar el champagne!".

 

En previsión del desenlace, los antifranquistas habían comprado varias botellas para festejar la noticia tan esperada, y las autoridades habían prohibido la venta de ese vino en toda Sevilla. Pero André pensaba que todavía era un poco pronto para alegrarse: "tout est plutôt confus", nos dijo. "Meter la botella en la nevera", ordenó Juan. Asi pasaron las tardes, sacando y guardando el dichoso champagne, porque Franco parecía inmortal. Otro día, estando en el Archivo, empezaron a repicar las campanas con estrépito, y fuimos muchos los que nos pusimos de pie, hasta que un lector ya mayor nos advirtió discretamente: "No. Es San Francisco". Y retornamos, cabizbajos, a los manuscritos.

 

Volví a Paris y todo seguía igual. Dimitrios Frangos, un gran amigo griego de André, que era por entonces representante griego en la Unión Europea, pasó a visitarnos y sacamos un champagne para celebrar su venida. "¿Es que ha muerto Franco?", preguntó. "No, ésta es por ti", le dijo André. Cuando ya empezábamos a resignarnos, cayó la noticia tan ansiada. Ese día yo daba clase en Nanterre, una Universidad efervescente en aquella época. Alli me esperaban mis alumnos...con dos botellas de champagne que nos bebimos brindando por el fin del fascismo en España.

 

Para Gori, como lo cuenta mi hermana, ya era tarde, pero otros amigos se ilusionaron y   vendieron lo que tenían, como Joan Cuatrecasas y sus tres mujeres: Anita y sus hermanas, Menchi y Cachito. Pero Barcelona había cambiado y Cuatrecasas, a pesar de su prestigio, era un hombre del pasado. Deprimidos, todos regresaron a la Argentina y murieron al poco tiempo, probablemente de tristeza. Para mi, la muerte de Franco cerró la etapa más importante de mi vida: la de la infancia y los primeros años de la juventud y de los sueños. Surgieron entonces otros fascismos en América Latina, principalmente en Chile y en la Argentina, y muchas veces senti que ya no podía pertenecer a una sociedad que asesinaba impunemente a sus opositores.  Gori se estaba muriendo y volví a Buenos Aires, dónde me reuní con mi hermana. Nuestra presencia le hizo revivir una o dos semanas más, porque nos estaba esperando, antes de hacer un mutis por el foro, según una expresión del mundo del teatro que tanto le gustaba... Al dolor que sentíamos por su inexorable ausencia, se sumó la angustia de no poder encontrar a nuestros amigos porteños de siempre, escondidos, huídos y alguno también desaparecido.

 

Años después, en Lefkadi, una pequeña isla griega del mar Jónico decidí darme un paseo  por el puerto mientras André hacía su consabida siesta.  De lejos se oían unas canciones cuyo ritmo y tono de pronto me volvieron a mi juventud: se trataba de una reunión de antartes, es decir de combatientes de la guerra civil griega que siguió la ocupación nazi del país. Me acerqué y me invitaron a compartir esa celebración nostálgica cuándo les hablé de España y de mis padres. Con una emoción intensa, me sumé a los abrazos pensando en Gori, en el puente del Ebro, en la Retirada y en mis nocturnos y salí llorando, de pena pero también de alegría, porque aquello no había todavía desaparecido.

 

19. DESDE LA PERSPECTIVA DE LOS GORIS 

 

Ya sabemos que, para orientarse en el mundo de los republicanos exilados, los barcos son fundamentales, y mas aún en la Argentina, tierra de inmigración, donde todos, salvo los autóctonos del interior, “bajaron de un barco, con una mano adelante y otra atrás”, para cubrirse las vergüenzas de la pobreza. Los republicanos no son una excepción a la regla, aunque ellos siempre se distinguieron de los inmigrantes, inclusive de los gallegos. En eso se equivocaron: el hambre, como los tiros, van generalmente de la mano.

 

Los barcos formaron un primer núcleo, al cuál se agregaron otros grupos y subgrupos que compartían un origen común, el de ser los vencidos de la guerra civil. Si bien hubo otros hogares con sus tertulias y sus aficionados, el nuestro tuvo algo que se asemeja a esas regiones de refugio descritas por el mexicano Gonzalo Aguirre Beltrán  para explicar la sobrevivencia cultural de algunos grupos indígenas. La casa de Gori fue desde luego un refugio de republicanos sin familia, los nocturnos: Farias, Paredes, Brugadas, Gaspar, Cimorra y otros, a los que se agregaron parejas sin hijos o divorciadas, como los Cañizares, los Borrás, Paco Madrid y otros. Las familias constituídas, como los Prados, los Nogués, los Schapires  y otros, venían generalmente después del almuerzo pero sólo en ocasiones especiales cenaban.

 

Nuestra casa era un hogar, en el sentido clásico de la palabra, y la cocina de Maricarmen, sus paellas, sus cocidos, sus merluzas y su arroz con leche animaban al mas triste y daban lugar a discusiones acaloradas: “esta tortilla está muy buena, pero no es la de mi madre”, decía Paredes, y los comensales se indignaban contra él o mencionaban las artes de sus respectivas madres. A veces había un menu distinto: el borcht de Sarita, que se comía en silencio y se aplaudía, como se aplaudían también las empanadas de Anuncia. En otros ámbitos pude sentir esa comunión que brinda la comida compartida, como en los asados del Ingeniero Dujovne en Castelar, el padre de mi gran amiga Marta, a los cuales iba de vez en cuando Rafael Alberti, o en las sopas que preparaba la Mamá de Jorge Rendón en el humilde barrio del Porvenir, en Lima.

 

Gori era valenciano pero también un internacional, capaz de integrar gentes de otros lados, como el pintor Carybé, un primo de Chichita Schapire, actores de cine o de teatro que encontraban alli un lugar de libertad, sin periodistas indiscretos, o primos de algún permanente que venían de Mexico o de Chile. La sola regla implícita era no traer a la casa ningún carca, y de preferencia había que evitar a los ladrillos. Los bandos de la guerra civil tenían, en casa, su terreno de expresión: anarquistas, separatistas catalanes, socialistas blandos, comunistas, republicanos centristas, inclusive católicos como algunos vascos, pero estoy casi segura que nunca tuvimos a un trotzkista. Había que dejar pasar la inquina respectiva. Muchos años después me invitaron a hablar sobre la Conquista de América en Nancy. Me recibieron dos señores mayores y judíos, como sus apellidos respectivos lo indicaban. Como hacía calor empezamos por tomarnos unas cervezas de bienvenida, ellos estaban muy interesados en España (“un pays très étrange”) porque habían estado en la guerra – tenían mas o menos la edad de Maricarmen. Para poner las cosas en claro, les dije que Gori fue un combatiente comunista. Me respondieron al unísono: “Il y a prescription”. Y la conversación retomó con más bríos, cantamos, nos abrazamos, y volví a revivir la fraternidad de mi casa.

 

Los valencianos no eran demasiado numerosos en las tertulias de casa. Cuando venía Helena Cortesina, Gori y ella hablaban en su lengua materna. El grupo levantisco cobraba mayor fuerza con los catalanes: Cuatrecasas, Borrás, Brugadas, Gaspar, por citar solamente los mas asiduos, y como eran mayoría, Barcelona se imponía, y también los vivas a la Generalitat y a Catalunya, las ramblas inolvidable, el barrio chino, las butifarras, Gaudí (y no Dalí, un traidor), y la difusión de la lengua catalana en los territorios exteriores de Perpignan y de toda Occitania, y Gori recordaba con emoción que cuando pasó a Francia con la misión de llevar armas a Irún, gracias a la lengua catalana, los habitantes (“desconfiados como todos los campesinos”) le ayudaron a escabullirse de los gendarmes.

 

Los vascos gozaban de un prestigio particulas que abarcaba inclusive a los católicos y a los curas antifranquistas. Pepe Bago y Maité, Rosalía Casona, Jesús Prados, José Luis Anthonissen, y por extensión los restaurantes vascos, el bacalao, el letrado vizcaíno del Quijote, el conquistador  Lope de Aguirre, que se desnaturó de Felipe II y tantas otras figuras poco banales de aquel pueblo, pertenecían al imaginario vasco. Cuando yo comenté que la Lagoubie (que vino varias veces a las cenas) era muy francesa, hubo una rectificación general: “ni francesa ni que hostias, es vasca como una casa” (había nacido en Biarritz)

Desde luego los madrileños, y por extensión los castellanos, no se quedaban cortos, y la misma Maricarmen, nacida en Madrid, a pesar de tener una debilidad por Valencia, prefería su ciudad natal, la mas simpática, la más divertida y se sentía próxima del mas castizo de todos los nocturnos, Pepe Cañizares. La Verbena de la Paloma y La Gran Vía eran  verdaderos himnos étnicos y en las fiestas de Año Nuevo, esas zarzuelas se imponían ruidosamente. Con el tiempo, y en voz baja, me dijo que Madrid era muy paleta en comparación con Buenos Aires (cosas veredes, como diría Anuncia). Al bando castellano pertenecían, con voz y mando,  Juan Paredes y Carmen Caballero, la Nena, asi como María del Carmen Prados, aunque ella tenía ascendencia vasca y exótica, puesto que su madre era uruguaya.  A Castilla, la Nueva y la Vieja, pertenecía también Maria Teresa León, que hablaba un castellano perfecto, el de Burgos, y en las franjas mas distantes de la diáspora republicana, brillaba la figura de don Claudio Sánchez Albornoz, el Claudillo, presidente de la República en el exilio que tuve como profesor en la Universidad de Buenos Aires. Don Claudio explicaba la historia de la invasión de los moros en episodios: “Queréis saber lo que sucedió al moro Muza?”. Nosotros, suspendidos a su relato palpitante decíamos: “SI!”. “Pues llegad a horario el martes que viene”.

 

Los asturianos eran menos numerosos en nuestro mundo aunque tenían dos representantes importantes: Javier Farias (que era de Gijón como su primo “Oslito”) y por supuesto, Alejandro Casona. Entre los andaluces estaba el granadino Paco Ayala, amigo de Jesús Prados y vecino nuestro en Buenos Aires. Su hija la Cuqui era amiga mía y de Rafaelillo. Mayor que nosotros, ella daba de comer a la Tonica una compota que mi hermana rechazaba con un manotazo. La madre de la Cuqui me quedó grabada en la mente porque era rara, sin duda por tener origen araucano. Se llamaba Nina, era muy inteligente y había aprendido economía en Berlin, antes de la toma del poder por Hitler. Los Venegas eran un familión cuyo tronco era don Pepe, gran amigo de Gori, y gracias a quien Maricarmen adquirió L’Enfant Gâté, donde trabajó con Gori y Rosalía y Martita Casona. Tardé muchos años en darme cuenta (gracias a las clases de don Claudio) que todos ellos, a los cuales se suman los Almazán, eran descendientes de moriscos y de judíos conversos. “Moros ya no quedan, decía el ilustre maestro, salvo dos: yo, por mi apellido, y Carmen Muñoz, por la cara”.

 

Fuera de foco quedan otras figuras pero hoy, los testigos de aquellos tiempos han desaparecido casi totalmente. Aquellos niños revoltosos o fantasiosos: el Tito, Rafaelillo, Ana María, Carmencita, Elenita, Aitana, Pipipa y nosotras dos, las hijas de Gori, quedamos aún en pié, cargados de años, pero luchando. Cuando ya no estemos, estos bocetos quizás sirvan para rescatar la parte humana de la historia, la de los losers de aquella guerra atroz , a través del eco de sus voces y de sus risas.

 

20. LA CAJA DE LOS TESOROS 

 

Antes de cerrar mi galería de retratos, trato de ordenar la caja de tesoros que me dejó Gori y que marcaron mi vida y mi mirada sobre el mundo.  Tarea imposible porque lo que cada uno transmite es rebelde a la jerarquía y abarca desde el sabor de la berenjena a las gestas heroicas, pasando por la vida azarosa de los gorriones del duplex, el hueco del tronco del viejo plátano habitado en sus dos niveles por una familia de esos simpáticos pajarillos que Gori observaba a diario y que desaparecieron misteriosamente después de su muerte.

 

Algunos no encuentran nada en la caja de los recuerdos, quizás porque no saben o no quieren buscar. La mayoría, por suerte, rescata, del desorden abigarrado de palabras, ejemplos, relatos, olores, canciones e imágenes, los hilos que les servirán para orientarse en el laberinto de la vida. En lo que a mi respecta, quiero empezar por el insólito contubernio de Demóstenes y María Casares.  Cuando empecé a estudiar la Antigüedad clásica en primer año de secundaria (en 6° según el orden francés del colegio), Gori me contaba que Demóstenes era tartamudo y no podía ejercer el arte de la oratoria porque todos se reían de él. Pero él tenía una voluntad de acero y se impuso la disciplina de pronunciar las palabras metiéndose unos guijarros en la boca. Y fue así como logró domesticar su lengua, convirtiéndose en el mejor orador de su época. Eso ocurrió también con María Casares, (hija, por cierto, de Casares Quiroga, un político republicano), exiliada en Francia en 1936, que corrigió su dicción deficiente del francés y logró ser una gran actriz de teatro de aquel país. Ambos vencieron esos obstáculos   gracias a un trabajo cotidiano y metódico que Gori condensó, como en un dicho romano: “todos los días un poco, pero todos los días”. Ese precepto, que rara vez logré inculcar a mis alumnos, me acompañó hasta el día de hoy. A ese ideal estoico al cual se conformaban también las hormigas, cargando sobre sus lomos diminutas hierbas y migas, se sumó la necesidad de levantarse temprano para disfrutar del día, cosa que detestaba Maricarmen para quien sólo la gente de la noche era interesante y divertida.

 

En esa caja de tesoros asombrosos entran, en bloque, héroes y gente menuda. Los tres mosqueteros de Dumas, que eran cuatro, solidarios y valientes me maravillaron en mi niñez y suelo releer de vez en cuando mis párrafos preferidos. En las Brigadas, los héroes eran de verdad, conocíamos a algunos internacionales que vivían en la Argentina o en el Uruguay, pero había muchos otros, dispersos en el mundo, y recordados con gran respeto y cariño. Cuando partí a Francia en 1964, la actriz Carmen Caballero, alias la nena, cuya religión no nacía ni con Adán y Eva ni mucho menos con Jesucristo, sino con la toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques de Lenin, me dijo en un apartado, tratando de que Gori no la oyese: “Irás a ver Aquello, supongo”. En 1965 ataqué aquel continente misterioso por su flanco más despejado: Belgrado. Esa ciudad se hallaba a medio camino de Istanbul, la meta que habíamos elegido Monique, una amiga de la Argentina, y yo. Era un aquello exótico y menos burocrático, y podríamos descansar unos días del traqueteo del vagón de tercera clase, antes de emprender el último trecho. Al bajar, lo primero que vi en el andén, además del retrato de Tito, fué un gitano que exhibía un oso encadenado que ejecutaba unos torpes pasos de danza. Esa escena digna de una historieta de Tintin me encantó, pero estábamos un poco perdidas: el idioma y los letreros en cirílico nos superaban.  “¿Y ahora, adónde vamos?” comentamos en español. Al oírnos se nos acercó un hombre como una torre que nos ofreció su ayuda en un castellano clarísimo. “Lo aprendí en la guerra de España”, dijo con orgullo. Era un internacional de Tito, que se emocionó hasta las lágrimas cuando le dije que mis padres eran republicanos. Me abrazó, se hizo cargo de nuestros bultos, dio un par de órdenes incomprensibles y nos depositó a las dos en casa de un sobrino suyo, que nos alojó gratuitamente tres días y nos llevó de paseo a orillas del Danubio, no azul sino turbio y salvaje.

 

La Commune de Paris es otro de sus tesoros, y cuando evocaba aquel episodio terrible, Gori no podía evitar de maldecir al miserable cabrón de Thiers (“el cual, para colmo, ha dado su nombre a no sé cuantas plazas y calles de Francia”). Nunca, nos dijo, nunca vayáis al Sacré Cœur, construido con el sudor del pueblo de Paris” y efectivamente nunca fui, ni tampoco al Valle de los Caídos en España.  Pero lo primero que hice en Paris fue depositar un ramo de rosas rojas al pie del Mur des Fédérés, en el cementerio del Père Lachaise, gesto que hizo también mi hermana cuando vino a verme. Hoy el covid nos ha privado del 150 centenario de esa masacre, pero iré.

 

En ese conjunto heroico entra también o cavaleiro da esperança, Luiz Carlos Prestes, militar brasileño alzado en favor de la causa popular, a la cabeza de una columna de 1500 hombres que mantuvo en jaque a las fuerzas gubernamentales a lo largo de un recorrido de unos 25.000 km. Y desde luego Giuseppe Garibaldi, que había estado en la Argentina y que tenía su monumento majestuoso en la Plaza Italia, un lugar que afeccionábamos, a pocas cuadras de casa. Alli fuimos varias veces con Gori para confirmar o desmentir los rumores de cuartelazo, ya que por esa plaza debían pasar necesariamente los tanques subversivos. Los movimientos castrenses estaban sugeridos diariamente por la Revista Dislocada, una emisión radiofónica cómica, que sólo podía hablar en sentido figurado, debido a la censura. Junto con otros personajes ficticios que nos hacían mucha gracia, surgían las voces de dos rusos de la embajada de la URSS, un oficial y su intérprete. Cuando el oficial perdía pie en ese país tan confuso como era la Argentina, reclamaba imperativamente explicaciones al traductor: “¡Papayúa!”, y el otro, que desconfiaba de todo, contestaba a la Pilatos: “falta palabra”. Por lo tanto, ante la desinformación y la falta de imágenes -la televisión apenas comenzaba a difundirse-, lo mejor era verificar in situ, ante la presencia señera de Garibaldi, la veracidad de los bulos. La mayoría de las veces el ruido era más fuerte que las nueces, y Gori, aliviado, nos llevaba entonces a una cervecería alemana cerca del puente Pacífico.

 

Entre otros tesoros que se amontonan en esa caja, está los vencidos de la historia, pobres pero dignos, como los chahuancos de los Ingenios azucareros, las cholas picaronas del Cuzco y de Bolivia, y las bahianas seductoras; todos ellos aparecen en sus dibujos y orientaron mi rumbo antropológico. Gori me explicó también lo inexplicable: ¿porqué tal cuadro era bueno? Y creo que se puso contento cuando, a mi regreso de Europa en 1958, le hablé de Frans Hals y de los tres músicos ambulantes de Jordaens del Museo del Prado, que me siguen impresionando por la felicidad que se desprende de sus rostros rústicos.

Si el amor a la música lo debo principalmente a Maricarmen, y un poco también a Maria Teresa León que me llevó con Aitana al teatro Colón, no me olvido del sentimiento intenso de comunión que provocaba Gori, cuando se ponía de pie con una copa en la mano, y todos nosotros a la par, para entonar Segadors y homenajear a nuestros amigos catalanes.

 

En la Isla del Tesoro de Stevenson, un libro que había marcado mucho a mi padre en su niñez, son cuatro los piratas que cargan la caja del muerto, llena de botellas de ron de contrabando, spirits.  En inglés, además de designar los espirituosos, esa palabra significa también alma, corazón, alegría, coraje y espectro, y en ella está contenido el tesoro que me legó y su silueta invisible. Su bisnieta aprendió de mi la canción de los piratas, “ay, ay, ay, la botella del ron”, acompañada de un ruido de pasos pesados. Al oir la señal, Ariane esconde un cofre de hojalata repleto de bolitas, de espejitos y de figuritas de papel y me dice: “Haz una barricada”, para que nadie venga a interrumpir nuestro viaje ni hurgar en su tesoro.

 

 

[1] Gori conoció a Elio Obadia cuando fué a Paris con su beca de estudios, por intermedio de un policía, también de Orán, que se llamaba Yves Guenancia, y que estaba en la estación de tren con un brazalete que decía "se habla español". Con ellos, Gori perfeccionó su francés, que hablaba prácticamente sin acento, rasgo poco común entre los españoles que merece ser notado. A nosotras nos transmitió esa amistad indefectible.

 

[2] Paule fué mi madrina republicana  y llevo su nombre. Muchas veces pensé quitarme el de Carmen y quedarme solo con el de ella. Mi afecto creció en 1958, cuando fuimos con mamá a Paris, y se reforzó en 1964. En aquel entonces, Paule estaba entusiasmada  por los Aztecas y participaba activamente en el seminario que Joaquin Galarza daba en el Musée de l'Homme. Tengo varios de sus glifos reinterpretados y el códice hermoso que reinterpretó gráficamente y tradujo al francés: Historia de los mexicanos por sus pinturas.

[3] Sarita es única: Sara Cobresman Kraes, escultora argentina premiada, mujer de Pepe Cañizares, mi verdadera tía.

 

REFERENCIAS

 

AYALA, “Cuqui”: G19

AYALA, Paco: G19

AYALA, Nina: G19

AGUIRRE, Lope de: G19

AGUIRRE BELTRAN, Gonzalo: G19

ALBERTI, Aitana (la Tata): G13, G17, G19, G20

ALBERTI, Rafael:G7, G11, G12, G13, G16, G17, G19

ALLEN, Woody: G10

ALTOLAGUIRRE, Manuel: G11, G12

ANGELES ORTIZ, Manolo: G12

ANITA (tía de Gori): G10

ANTHONISSEN, José Luis Martínez: G-14, G19 (ver Elenita y Juan Manuel)

ANUNCIA (Llalla, Yaya) : G4, G5, G7, G19

ARBENZ, Jacobo: G10

ASTURIAS, Miguel Angel: G10

ATATURK: G10

BAGO, Maite: G19

BAGO, Pepe: G19

BALLESTER, Pipipa: G17, G19

BÀRCENA, Catalina: G6

BERNAND, André: G1, G8, G18

BERNAND, Alex: G1, G8

BERNAND, Ariane: G1, G2, G4, G8, G20

BESFAMILLE, Odette, G9

BESFAMILLE, Carlitos, G9, G15

BIZET, G8

BLOCH, Claude: G3

BOLEDI, Elena: G12

BORRÀS, Eduardo: G11, G19

BOTANA, Natalio: G2, G5, G12

BRADEN, Spruille: G7

BRUGADAS: G19

CABALLERO, Carmen (la Nena): G13, G19, G20

CACHITO (Monorfano, hermana de Anita Cuatrecasas): G18

CAñIZARES, Pepe: G2, G5, G8, G14, G15, G19

CARVAJAL, Nelson: G4

CARYBÈ, Julio P. Bernabó: G19

CASARES, María, G20

CASARES QUIROGA, G20

CASONA, Alejandro: G6, G11, G12, G14, G16

CASONA, Martita: G19

CASONA, Rosalía: G14, G19

CASTRO, Fidel: G6, G10

CERNUDA, Luis, G12

CHAPLIN, Carlitos: G14, G15

CHAS DE CRUZ, Israel: G15

CHOU-EN-LAI, G13

CIMORRA, Clemente: G2,G5, G10, G12, G19

CORNEILLE: G17

CORTESINA, Helena : G10

CUADRADO, Arturo: G2

CUATRECASAS, Anita Montorfano: G18

CUATRECASAS, Joan: G18

DALI, Salvador: G19

D’ANS, Pierre: G9

DANTE: G11

DAVIDOV: G-12

DE GAULLE, Charles: G10, G17

DEMOSTENES: G20

DISNEY, Walt: G15

DOSTOIEVSKY, Fedor: G8, G11

DUCHÉ (Monsieur): G9

DUJOVNE, Israel: G19

DUJOVNE, Marta: G19

DUMAS, Alejandro: G11, G20

DURRUTI: G16

EHRENBURG, Ilya: G13

EISENSTEIN, Serguéi: G15

ELENITA (Martinez Anthonissen): G14, G19

ERNESTINA: G7

EVITA (Eva María Duarte de Perón): G6, G7

FARIAS, Javier: G2, G5, G10, G11, G12, G15, G19

FARRELL, Edelmiro: G5, G6

FELLINI, Federico: G15

FRANCO, Francisco: G9, G18

FRANGOS, Dimitrios, G18

GAGARIN: G13

GALÁN, Francisco (Paco): G14

GALÁN, Elvira: G14

GALLINI, Clara: G16

GARCÍA LORCA, Federico: G12, G14

GARIBALDI, Giuseppoe: G20

GASSMAN, Vittorio: G15

GATTEGNO, Catherine: G17

GATTEGNO, Danièle: G17

GATTEGNO, Félix: G17

GATTEGNO, Michelle: G17

GAUDI: G19

GIL, Juan: G18

GÓNGORA: G12

GUEVARA, “Che”: G10

GUILLÉN DE CASTRO: G17

GURREA : G2

HALS, Frans: G20

HERNÁNDEZ, Miguel: G11

HITLER: G19

JORDAENS: G20

JOSESITO: G13

JUAN MANUEL (Martínez Anthonissen): G14

KEATON, Buster: G15

LAGOUBIE, Isabelle: G8, G17, G19

LAUREL & HARDY: G15

LE NAIN (familia de pintores): G9

LENIN: G10, G20

LEÓN, Maria Teresa: G7, G11, G12, G13, G15, G19, G20

LEVI-STRAUSS, Claude: G3, G17

LUZURIAGA, Laura: G16

MACHADO, Antonio: G11

MACHINANDIARENA, Lina: G6

MALRAUX, André: G18

MAO-TSE-TUNG: G13

MARIA ANTONIETA: G9

MARQUEZ (Oslito): G19

MARTINEZ SIERRA, Gregorio: G6

MARX, K. & ENGELS, F.: G11

MEJUTO, Andrés: G2, G4

MENCHI: G18 (Montorfano,

hermana de Anita Cuatrecasas)

MOLIÈRE: G17

MORENO, Zully: G15

MOSSADEGH: G10

MURRA, John: G10

MUSSOLINI, Benito: G7

MUZA (el “moro”): G19

NASSER, Gamal Abdel: G10

NERUDA, Pablo: G1, G11, G12

NOGUÉS, Agustin: G14

NOGUÉS, Agustin, el Tito: G14, G17, G19

NOGUÉS, Dolorines, G14

NOGUÉS, Maruja Notario: G14

OBADIA, Elio: G1

OBADIA, Paule: G1, G8

OLIVA (doña): G13

ORTIZ, Mecha: G6

PATTON, George: G15

PAREDES, Juan, G9, G11, G15, G17, G19

PERLA, Mariano: G2

PERÓN, Juan Domingo: G5, G6, G7, G10

PETACCI, Clara: G7

PINOCHET, Augusto: G12

PRADOS, Ana María: G7, G17, G18, G19

PRADOS, Jesús: G7, G18

PRADOS, Maria del Carmen García Lasgoiti: G7, G12, G14, G17, G18, G19

PRADOS, Rafael (Rafaelillo): G7, G8, G10, G12, G15, G17, G18, G19

PRESTES, Luiz Carlos: G20

RAMÍREZ, Pedro Pablo: G5, G6

RAWSON, Arturo: G-5

RENDÓN VÁZQUEZ, Jorge: G12, G19

RIMBAUD, Arthur: G8

ROSENBERG, Ethel y Julius: G10

ROSSIF, Frédéric: G15

SÁNCHEZ ALBORNOZ, Claudio: G19

SARITA (Cobresman Kraes): G1, G2, G3, G9, G14, G15, G19

SCHAPIRE, Chichita: G19

SCHAPIRE, Miguel: G3, G19

SERRANO PLAJA,Arturo: G3, G11

SOFFICI, Mario: G6

SUCUSHANAY, don Agustin: G15

TARZÁN: G10

THIERS, Adolphe: G20

TINTIN: G20

TITO, Josip Broz: G20

TONÍN (Antonio Muñoz Montoro): G6

TOUR d’AUVERGNE, Georges-Henri de: G9

TOURAINE, Alain: G3

TRENET, Charles: G9

UGALDE, Anette: G13

VACA, Paco: G13

VALENTIN de PEDRO: G2

VALLEJO, César: G12

VARELA, CVonsuelo: G18

VENEGAS, Pepe: G19